LeesLeo

 

 


Graciela Salazar Reyna

 

Y solo yo escapé para contártelo
Extrañas y vagas sombras surgían del agua 
ante nuestros propios ojos, a uno y otro lado de la proa,
mientras que a popa sobrevolaban enormes grupos 
de cuervos marinos. Cada día, al amanecer, contemplábamos
gran número de tales pájaros colgados en las vergas
a despecho de nuestros gestos y gritos, como si aquellos
pajarracos hubieran notado al Pequod como un barco fantasma
a la deriva, con sólo muertos dentro. Y el negro mar seguía
hinchándose como si sus enormes mareas sombrías 
fueran una conciencia o el alma de un mundo angustiado 
y lleno de atroces remordimientos.
 
¡Feo y triste mar aquél! Le llaman Cabo de Buena Esperanza;
pero mucho mejor podría llamarse Cabo de las Tormentas 
o del desaliento. Misteriosamente seducidos por los pérfidos
silencios que antes nos habían envuelto y rodeado, nos vimos
lanzados a aquellos mares atormentados donde los pescadores,
transformados por su culpa en siniestros pájaros y extraños peces,
parecían condenados a bogar eternamente, sin esperanza alguna
de llegar finalmente a puerto. (…)
 
Y en el mismo silencio seguía también soportando la borrasca
el inalterable capitán Ahab. Ni siquiera cuando el cuerpo, rendido
por el supremo esfuerzo, le pedía a gritos el reposo, iba a buscarlo 
en su litera. Jamás pudo olvidar Starbuck el aspecto del anciano
cuando, al bajar una noche a la cámara, lo vio sentado firme el busto
y con los ojos cerrados, goteando todavía de la lluvia y escarcha…
Con una de sus manos oprimía el farol de mecha y todo él le pareció
al primer oficial una imagen viva de la tenacidad.

 

El portador del epígrafe que abre Leesleo habría tranquilizado a quienes, como Serrat, van preguntándose “Quién pondrá fin a mi diario al caer /la última hoja en mi calendario”. Porque, implica no sólo conocer quién, sino poder salvar la historia vivida, adentro y afuera de nosotros; significa la posibilidad de asegurar el relato, incluido el cierre, seamos nosotros u otros los que sigan narrando. Aquí se cruzan los caminos de la poesía y la narrativa, literatura y realidad, justo en la necesidad de saber y sentir, de soñar y vivir.

El fragmento que degustamos es de Moby Dick (Herman Melville, 1819-1891); obra señera en la literatura universal. Viaje plagado de peligrosas aventuras donde, como suele suceder en las grandes obras, incursionar ofrece conocer al ser humano, tanto al que escribe como al que lee; asimismo, el mundo en que habita. Melville trae de la memoria sus vivencias para crear a Moby Dick y a su perseguidor, Ahab –malvado héroe dirán algunos-; quien, al timón del Pequod, sólo quiere cazar al fabuloso cetáceo albino que destrozó su pierna. ¿A cuenta de qué, nos preguntamos?

¿Y si la embarcación, Pequod, fuese humanidad llevada al antojo de un rabioso capitán y, a ratos, por capricho de aguas vivas contra cuya fuerza deba lidiarse para sobrevivir, una y otra vez, después de ser lanzados a los mares que convierten humanos en extraños seres? Viene a cuento si leemos la prensa nacional –La Jornada 11/08/2013, a propósito del 12 de agosto, proclamado por la ONU, Día Internacional de la Juventud- que el desempleo entre jóvenes, de 14 a 29, duplica al de la población general, señala Inegi; representan 54% del total de los mexicanos sin empleo. No obstante, a más del 56% de estos jóvenes les preocupa más la inseguridad, causada por el desempleo, dice el 42% de ellos. Y ni seguir. A estas cifras se vinculan homicidios, suicidios…

En América Latina y el Caribe, el caso es similar, según la representante de La Organización Internacional del Trabajo, en la región; y las repercusiones, tendremos todos que preguntarnos ¿cuáles serán?, considerando que hay más jóvenes hoy y con más escolaridad que las generaciones anteriores. No queda más que la implementación, desde ya, de medidas urgentes: crear empleos de mayor calidad y políticas económicas que activen el mercado laboral, estimulando la contratación y respaldo de empresas juveniles; pensar de veras en soluciones efectivas, contantes y sonantes.

Los universitarios, ciudadanos en la era del conocimiento, tenemos la tarea de abonar para que las tierras sigan fructificando; de ahí, la importancia de planear  en tanto se hace lo mejor que sabemos, propiciando aprendizajes a partir de la imaginación y la creatividad; de la crítica y autocrítica de lo que se hace, también. Es preciso, inclusive, inconformarse ante lo que no está bien: Necesitamos –parafraseando a Galeano- de los indignados, porque estamos, muchos de nosotros, hartos de los indignos. De paso, tener claro que la vida no es una novela, aunque se le parezca; pero está allí, para ensayar la vida y seguir contándola. La invitación es, ahora que sabemos de la tenacidad de Ahab, ir en busca del leviatán, Moby Dick, para leer y releerse; ambos personajes estrujan, sin ningún recato, conciencia y corazón.

gracielareyna@hotmail.com

 

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