Atisbo a Xavier Dolan

Andrés Vela




“La madre nunca será amiga de su hijo”. Esta expresión de Jean Cocteau parece ser seminal en la obra del director francocanadiense Xavier Dolan, quien a muy temprana edad ha desarrollado ya una carrera sino larga, por lo menos de envergadura, con una personalidad diáfana y un talento que se celebra hoy internacionalmente, como bien lo demuestra su éxito en Cannes.

Dos son los temas de Dolan, al menos hasta el momento. Podemos resumir sus preocupaciones en las dos relaciones tormentosas por naturaleza: la primera con la madre, la segunda con la pareja (o más bien, con el enamoramiento). Pero este director-actor-escritor francocanadiense se encuentra lejos de ser un joven Werther o un Edipo contemporáneo. Los devaneos del histérico Dolan tienen sus batallas en otros campos.

La homosexualidad como sustancia de los hechos (en su cine casi toda acción es psicológica), atmósfera siempre palpitante, acuciante. Lo anterior es palpable en su primer largometraje, Jái tué ma mére (Yo maté a mi madre, 2009), obra que desarrolla esa relación conflictiva entre madre e hijo y, en un primer momento, resulta floja, colgada de mínimos conflictos cotidianos que más bien hacen pensar en un par de neuróticos ordinarios que en un drama de especial hondura. Sobre la marcha, ciertos trazos nos dibujan el carácter de la madre o, mejor dicho, la confrontación con la naturaleza de su hijo. A Dolan le importa la homosexualidad de su protagonista como un tamiz que redimensiona los problemas comunes a todo adolescente.

Esa condición sexual es profundizada y dramatizada con más agudeza en obras como Laurence Anyways (2012) y Tomá la ferme (2013). En la primera, Dolan demuestra que es capaz de contar lo que sea en un tono preciso y bien dirigido. Así, la historia de esta mujer transgénero y su pareja se nos cuenta no sólo con naturalidad y oficio, sino con ternura y humanidad. En la segunda, Dolan ha ido un poco más lejos, pisando algunas fronteras del thriller. Por fortuna se superpone la percepción psicológica, antes de que un estilo que le es poco familiar se trague el argumento llevándolo al absurdo (ridículo, en el peor de los casos).

Xavier Dolan ha expresado con respecto a su último gran éxito, Mommy (2014), la admiración que le inspira la causa femenina, muy especialmente la madre; más aún, esas madres que tienen que superar un sino atribulado. Es el caso de su protagonista, Diane Deprés, una viuda que carga con un hijo insoportablemente conflictivo, capaz de llegar a grados de violencia desmedida. Aquí la asiste una atribulada Kyla, que funge en gran medida como niñera. En esta cinta vemos lo que quizá será una constante de la obra de Dolan: la pareja Anne Dorval y Suzanne Clément como alter egos del director.

Pero sin duda, la obra en que el genio de éste director de 25 años llega a su plenitud, es Les amours imaginaires (Los amores imaginarios, 2010). La ambigüedad perversa de un personaje obra con encanto y frustración sobre dos jóvenes (Francis y Marie). Todo un tratado sobre el amor en el mejor tono stendhaliano o digno de Pavese, con bellas interjecciones de monólogos expuestos con una dulce maestría delicuescente. Obra que nos muestra a un Xavier Dolan también actor competente, está salpicada aquí y allá de citas y referencias literarias y fílmicas que nos confirman, por fortuna, la inevitable inserción de este cine canadiense en la más pura tradición francesa

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