Brooklyn, Tamaulipas | Lecturas Ancilares

Roberto Kaput



Leo Primavera Negra de cabo a rabo sin encontrar un fondeadero donde estibar la carga que Henry Miller promete. No encuentro tal fondeadero porque no existe tal carga; no abandono la lectura porque me fascinan las admoniciones, el verbo que predica, los espectáculos circenses, las historias de arponeros, místicos, cojos, milicianos, pajeros, cualquier criatura tocada por el genio: “Hermano Eaton, ¿no quieres testimoniar? Él me compró por un precio. ¡Amén! ¡Amén! ¡Aleluya! (…) Sabéis que (…) existe un versículo que me es muy querido, muy querido. Es de la tercera epístola a los Colosenses. Quedaos quietos y mirad por la salvación del Señor. (…) Hermanos me es muy querido, Colosenses 3. Quedaos quietos, mirad por la salvación del señor. ¡Gloria al Señor! ¡Aleluya!”

Leo Primavera Negra de Henry Miller y me recuerdo con unos jeans mucho más gastados que estos, con unos tenis percudidos de cloro, con una camisa negra, varado en las escolleras, como una caguama dispuesta a desovar en la costa. Las escolleras resuman aceite, tampones, esqueletos de bagre, cucarachas marinas, latas de Coca Cola o de Tecate con que un pescador distraído pero diestro dio solución a la falta de aparejos. Las escolleras son bloques de cemento con forma de matatena que fueron apilados uno sobre otro. Apesta a fiebre. Es mediodía. Tengo dieciocho años. Leo Trópico de Cáncer y dudo que las palabras encontraran acomodo en aquella cabeza desgreñada que era la mía: “Vivo en la Villa Borghese. No hay pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos. (…) Anoche Boris descubrió que tiene piojos. Tuve que afeitarle los sobacos y ni así le pasó el picor. (…) Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios”.

Leo Primavera Negra de Henry Miller y recuerdo, no sé por qué, las palabras con que se me introdujo en los secretos de la pesca: “Siéntate en aquella piedra y espera.” Tengo once años. Por semanas lo único que consigo son bagres, peces con cara de gato que no tienen carne ni para carnada.

Mi arribo a la literatura y a la pesca fue tardío, como tardío es cualquier arribo. “Una hora antes. Cinco minutos. Si te asomas, si te apuras”. Pero yo no me asomé, y por supuesto no me apuro. Lo que hago es sentarme en la roca que el abuelo me mandó ocupar. Está caliente como el demonio. Escucho. Un libro me acompaña. Pero lo cierto es que cuando te sientas en una piedra donde una mano apostólica escribió “Cristo te ama”, sospechas que todos a tu alrededor están chalados.

Leo Primavera Negra de Henry Miller y escucho al escritor. No escucho a los críticos, no a los biógrafos y por supuesto no al muchacho que con una playera negra y dieciocho años cargaba Trópico de Cáncer en el bolsillo traseros del pantalón. Escucho, después de tantos años, al patriota que nació en el distrito 14 de Brooklyn, emigró con cuarenta años a París, regresó a Estados Unidos y se instaló en California. No me contradigo: no acudo a los biógrafos, acudo a este libro que editó hace treinta y tantos años Bruguera-Alfaguara, que hace veintitantos compró mi padre, a este libro con manchas de aceite industrial, con manchas de crema bronceadora, con rondanas de café, con quemaduras de cigarro, con subrayados amarillos que destilan locura. Es, junto con otra tonelada de papel, mi herencia.

La locura es atemporal. La locura no te tira un hilo y te conduce, turista entumecido, del principio al medio, del medio al final, del cintillo al prefacio, a la foto… Con la locura te chingas. La locura lo mismo te presenta a una tribu de apátridas que los trabajos de un sastre, el mapa de los mingitorios parisinos (¡qué formato para una guía!) que la elaboración de una acuarela, las fugas disparatadas de artista que la búsqueda del mejor retrete en el caso que quieras leer a Rabelais, Villon, Boccaccio: “Todos los gusanos que se han metido en el queso. Para comer este queso hay que tener genio. Este es el queso en el que yo me entierro. Yo, Miguel Feodor Francois Wolfang Valentine Miller”.

La Literatura. La Pesca. La Muerte. La Horca. La Locura. ¿Por qué disculparse?

Iba a hablar de la estructura. Pero no. Del cosido de muchos libros en un libro. Pero no. De que en un tiempo como el nuestro es rarísimo que no se regrese a Miller (pienso en el capítulo titulado “El ángel es mi marca”, pienso en la constante afirmación: “Escribe, ya se encargarán tus críticos de explicar tus errores). Pero no. En su lugar diré: Miller es el tonto de la plaza. Sí. Miller es el camarero con chaqueta a dos colores que sale a la calle a buscar clientes. Sí. Miller te promete las tetas de una rusa que declama a Dostoyevski en cinco idiomas. Sí. Miller no cumple lo que promete y casi siempre promete lo mismo. Sí. Miller es un bagre con cara de gato. Pero Miller no fue de los que se escondió en la medianía del cardumen. Y decidió, gesto magnífico, ser enano en una cultura propensa al gigantismo.

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