El folclor del Día de muertos

“Le limpio la tumba señito” es una de las frases que recibieron los visitantes a los panteones este 2 de noviembre, una fecha de mucha tradición, cultura y cuando es posible platicar, cantar y comer con los muertos.

Por Gisel Cantú

Fotos Daniel Zamora

Una de las tradiciones mexicanas más festejadas por los vivos es el Día de muertos. En este día recordamos a los difuntos seres queridos. Cada 2 de noviembre los panteones lucen abarrotados; este año no es la excepción.

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A las tres de la tarde llegué al lugar del eterno descanso. Las calles aledañas, Iturbide y Burgos, estaban cerradas debido al ambiente de fiesta que se respiraba entre puestos de comida, venta de flores, artículos religiosos y, claro, los visitantes al Panteón Municipal de San Nicolás de los Garza.

“Le limpio la tumba señito”, así me recibieron las personas que cargaban tinas con palas, pinceles, pinturas y escobas, quienes, en pleno noviembre, hacen su agosto cobrando 80 pesos por realizar labores de limpieza y arreglos en las tumbas.

Mientras caminaba, las familias disfrutaban el momento con sus seres queridos, los vivos y los muertos. Se puede vivir este encuentro de muchas formas: con un breve e intenso silencio, degustar la comida que tanto les gustaba a los familiares en vida, así como escuchar la música que disfrutaban cantar y bailar.

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“Tú eres la tristeza de mis ojos que lloran en silencio por tu amor, me miro en el espejo, veo en mi rostro el tiempo que he sufrido por tu adiós”. Sonaba Amor eterno en la guitarra y el acordeón de dos músicos, de quienes no sólo su voz se escuchaba, también la de la familia, que después cantó Que falta me hace mi padre, y reflejaron la tristeza por la muerte del hombre más importante en sus vidas.

La lluvia no fue impedimento para que más gente pasara gran parte del día en el cementerio, acompañados de amigos, familiares, incluso, solos. Muchas personas llegaban con arreglos florales y otros más con las manos vacías, pero llenos de nostalgia.

Siempre decimos que los mexicanos nos reímos de la muerte, pero al caminar entre las tumbas, escuché el fuerte llanto de una mujer que gritaba “¿Por qué me dejaste sola Ramón? Llévame que estoy muerta en vida”. Un reclamo para quien partió de este mundo.

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Este 2 de noviembre hubo difuntos que no recibieron visita, mucho menos una lágrima de quienes fueron su familia, sólo bastó ver sus tumbas que lucían abandonas y olvidadas entre las yerbas y basura.

Cuidando de no pisar o tropezar con lápidas y tumbas, hasta en el cementerio se reflejan las clases sociales, las construcciones de algunos mausoleos son las evidencias. En algunas tumbas contiguas sólo muestran los datos necesarios de la persona que ahí descansa, o quizá la intempestiva partida no les permitió más.

Esta fecha es la oportunidad para ofrecer servicios funerarios. Así lo hizo una vendedora que me recordó lo importante que es estar preparados ante fatal situación, pues tarde o temprano todos los necesitaremos, sin importar edad, sexo o posición económica.

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A cierta distancia se veían los cuerpos de auxilio atentos a cualquier situación de riesgo que se pudiera presentar, debido a que año tras año se han reportado caídas a tumbas, desmayos y golpes de calor.

A la salida del panteón, estaban los puestos en los que se ofrecían muy diversos platillos y que lucieron abarrotados por la gente que antes o después de visitar a sus seres queridos hicieron la parada obligada para probar las tortas, quesadillas al estilo México y los preferidos de la gente: los tamales que llamaban la atención por su gran tamaño y bajo precio, cuatro por 50 pesos.

A este menú se sumaron los postres: churros clásicos y rellenos, frituras preparadas, la tradicional caña de azúcar, los dulces de leche y para los que buscaban algo más light, los vasitos de fruta.

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Los otros puestos más concurridos fueron las flores, donde se vendían desde el simple ramo, hasta los arreglos más elaborados. En la mayoría predominaba la famosa flor naranja, tradicional en las ofrendas de Día de muertos, la flor de cempasúchil.

Al final de esta visita, reflexioné en que el destino es incierto y que nadie tiene la vida comprada. Tal vez nosotros somos los que el próximo año conviviremos con nuestros familiares en el panteón, celebrándolos o tal vez ellos a nosotros.

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