El hombre sin rostro

El 18 de octubre en la FIL Mty 2015, se presentó La policía no lee culturales de Zacarías Jiménez.

Guillermo Jaramillo



 

La literatura es misteriosa. De locos es escribir ficción basada en una realidad, o entes reales que pocas veces son palpables. Todo queda en el aire, apenas aprisionado en hojas blancas que algún día cambiarán a ocre. Más misterioso escribir sin ser publicado, sin dejar una constancia de ese intento de comunicación con el otro. Zacarías Jiménez (San Rafael, Lagunillas, SLP, 1959) es uno de los escritores más locos del noreste del país. Rondando las seis décadas de vida, La policía no lee culturales es su primer libro en solitario de narrativa.

Desde la década de los noventa, Jiménez ha ido construyendo una obra en torno a la violencia y la dulzura que se dan los hombres y mujeres sin rostro, habitantes de la noche y la barra de cantina. Pero esa obra había estado desperdigada en antologías y revistas hasta que llegó el fenómeno editorial Poetazos, quienes le dieron a Jiménez la oportunidad de presentarle al mundo tres cuentos jocosos, con sabor a acero y sonido de cristal que se rompe.

El niño que nació en el campo

Nacido en el campo de San Luis Potosí, Jiménez pronto supo lo que era el dolor. Su padre le daba un trato rudo, tan duro que una mujer de Río Verde se lo llevó muy niño para salvarlo. Esta mujer sería la esposa del cantinero, quienes lo adoptaron y fueron sus padres.

“Mi padre adoptivo aprendió a leer porque le enseñó un holandés”, ha contado Jiménez al calor de la noche regiomontana.

“Yo no tenía con quién hablar de literatura. La única persona con la que podía hacerlo era la esposa del carnicero, que era una muchacha pero mucho mayor que yo. Ella me dijo que por qué no estudiaba literatura, cosa que yo no sabía que se podía hacer. Me dijo que en Monterrey enseñaban eso”, y pronto se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, graduándose con el título de licenciado en Letras Hispánicas en 1984.

El hombre terrible

Jiménez tiene un reconocimiento en la literatura local, no tanto por su obra, sino por su figura: aquel que portaba un paliacate en su puño. Hasta la fecha, Zacarías no ha podido librarse de la etiqueta de hombre terrible y portar el signo que realmente le pertenece: escritor maldito, que no es lo mismo.

Rudo bebedor, gran conversador, sabio, señor dulce que cautiva y es amado una vez que se entabla una conversación con él, la obra de Jiménez es cruda y encaminada al diálogo como fuerte.

Nada se le escapa. Construye historias jocosas sobre obra negra perfectamente filosófica. Si uno se ha de morir, dice, qué más da si lo hace pelando los dientes.

Las calles de Monterrey acogieron algún tiempo al escritor que no pudo soñar, dormir sí, a la intemperie.

Ahí vio cómo cucarachos y ratas se acercaban a los hombres grises que dormían a su lado bajo el puente de Gonzalitos, a las afueras del Hospital Civil, y escribió en su mente la epopeya de Zaquitas, su alter ego, o de Mano de Gato, el asesino de mujeres en las márgenes de ríos. Construyó historias de dolor que nos hacen reír y de nuevo llorar, siempre a la sombra de la tríada Toscana, Valdés y Parra.

Jiménez y sus contemporáneos

La obra de Jiménez, al igual que la de Toscana, es íntimamente universal: lo que sucede al interior de una cantina o en un desierto iracundo, es el mundo. Sus personajes, clase media baja viciosa, saben lo mismo del mundo que los antiguos sabios: esto es un caos y no queda más que vivirlo. De eso también sabe Eduardo Antonio. Hugo dejó un Monterrey news divido en tiempos cronológicos; Jiménez se los bebió todos.

A menudo vemos pasar narradores de historias que no cuentan con el talento para hacer hablar a los personajes. En los cuentos de Jiménez, el narrador es un poeta, los personajes unos perros del mal que sueltan la lengua, siempre domada por su autor, tan vivaz que uno está seguro de estar escuchando al pueblo.

La UANL publicó La eternidad comienza a las siete de la noche en 2001; y Conarte en 2010 Correspondencia del hombre invisible, (Conarte/Bonobos, 2010), ambos poesía pura. Este libro a modo de epístolas nos muestra al hombre dulce que bebe su Tonayán con refresco mineral de sabor sin dejar de escribir ya sin lágrimas.

Escritor de cabo a rabo, Jiménez vive de las letras: no hay entrada económica para alimento, bebida y techo que no provenga de las correcciones estilísticas, los ensayos en medios locales como el suplemento Ensayo, de El Norte, o El Volantín, del antiguo El Diario de Monterrey, hoy Milenio.

Amante del box, sus ídolos Rubén Olivares, Muhammad Ali, Romeo “Lacandón” Anaya.

“Yo era lacandonista, aunque ese tipo perdiera contra quien no debía, y al mes siguiente venciera a campeones del mundo sin título de por medio”, nos dice la fracción política a la que pertenece Jiménez: los hombres sin rostro.

Bien por su arribo a la narrativa. Muchos cuentos y una novela están en sus archivos, cuestión de tirar más golpes certeros antes de que suene la última campanada.

 

 

 

 

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