“El periodismo es adictivo”, Elena Poniatowska

Durante su visita a Monterrey para inaugurar la Cátedra de Periodismo “Elena Poniatowska” de la UANL, charlamos en entrevista exclusiva con la periodista y escritora.

Por Guillermo Jaramillo

Fotos: Pablo Cuéllar

 Por la ventana del automóvil se puede conocer una ciudad o por lo menos llevarse un recuerdo. Los ojos azules de Elena Poniatowska se pierden entre los cerros de La Silla y la Sierra Madre Occidental. “He venido muchas veces a Monterrey y nunca había visto bien esas montañas”, dijo Elena.

Fotógrafo y periodista observamos los cambios de luz en el rostro de Poniatowska, y juntos comenzamos a recorrer la ciudad.

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“En estos días hay pocos intelectuales a quién seguir”. Lo anterior lo asegura Poniatowska, y lo hace con una modestia kilométrica frente a un Colegio Civil Centro Cultural Universitario no lleno, sino rebasado en asistencia.

El personal de mantenimiento y logística del evento no se da abasto en ir y venir con sillas para los asistentes, dando indicaciones mediante radio ─en ocasiones a grito abierto─  para mantener el orden dentro del desorden organizado y positivo de la asistencia en el segundo día de la Cátedra de Periodismo “Elena Poniatowska”, convocada por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

La Elena de Sanjuana Martínez, coordinadora de la cátedra; La Elenita de los intelectuales y poderosos; “La Poni” de los snobs; La Poniatowska del pueblo y para el pueblo. La escritora y periodista mira con paciencia el bullicio que su presencia causa en la ciudad.

Es el segundo día de la cátedra y el Patio Ala Sur luce igual o con más asistencia que ayer, cuando Elena dio un discurso sobre el periodismo de género, esa especie de trinchera de donde han salido tantas y tantas plumas con interés social.

Uno piensa que a su edad, 84 años, la fuerza física disminuye. Nos equivocamos. Aquí tenemos a la Princesa Roja dándonos una charla  ─acompañada de la también periodista Sanjuana Martínez─ en torno a la publicación de su última novela, Dos veces única, que es un mosaico del México posrevolucionario, cuya figura central es Lupe Marín, ex esposa de Diego Rivera.

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Una larga jornada

El 6 de junio llegó Elenita a la ciudad y recibió un homenaje con la presentación de la cátedra, además, se sorprendió con la noticia de que el Rector de la UANL, Rogelio Garza Rivera, la postulará ante el Consejo Universitario para la distinción del Doctorado Honoris Causa. Poniatowska habló del periodismo y las mujeres que lo han oficiado. Más allá de todos los nombres que se mencionaron en dicho discurso, está la fruta de sangre, la raíz que vive dentro de Poniatowska: esa necesidad de contar historias.

“Esa necesidad de contar la seguimos hasta la tumba. Nunca se deja de ser periodista. El periodismo no tiene remedio”, fue la culminación de su mensaje previo al 7 de junio, el Día Internacional de la Libertad de Prensa. Siguió la infinita fila y firma de libros; infinitas, también, las muestras de amor y admiración hacia Poniatowska, quien sólo sonreía y sus ojos azules no hallaban descanso en todos los otros ojos.

Llegó el martes 7. Café, fruta y galletas esperan a un nutrido grupo de personas que poco a poco crece. De nuevo, uno observa generaciones distintas convivir entre los pasillos de este recinto hermoso que es el Colegio Civil. Son las nueve de la mañana y el patio luce repleto. Comienza la charla.

Se han dado cita menos periodistas que el día de ayer, pues a cuenta gotas habían arrancado algunas palabras a la escritora, cuando se retiraba a una cena con autoridades y amigos, dándose por bien servidos. La mesa estaba puesta, las preguntas al final de la charla vinieron del público.

Los temas sociales y políticos fueron el foco de interés de los asistentes. Elena los contestó todos, como si de una excelente boxeadora se tratara: esquivaba preguntas necias y recetaba respuestas sabias, siempre cargadas de buen humor. Así conocimos más de cerca aquella vida de Diego y Lupe, antes de que Frida apareciera en escena.

Al concluir la charla, la mañana nos guiñó dulcemente. Cargando libros para autografiar, algunos retratos a modo de regalo y las pertenencias de la periodista, abordamos la camioneta de Sanjuana Martínez rumbo al aeropuerto. Apodaca espera a Poniatowska, pero el avión no.

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“Nunca había visto bien esas montañas”

Elena ya se ha hecho de todas sus pertenencias. Sin ser un gran observador, hay un color que podemos asociar con Poniatowska: violeta. Conjunto de blusa, chal y pantalón negros; bolso negro y otra bolsa violeta: la distinción sobre todas las cosas, que supera con creces la elegancia.

Decimos adiós al Crowne Plaza de Constitución, el hotel que la ha hospedado en esta visita. Entonces Elena observa por la ventana.

Estamos a merced de los cerros, La Silla y la Sierra Madre con ese verde esperanza. Y más cerca de nosotros, fusilado por el Sol regiomontano, el río Santa Catarina, seco y majestuoso, puro liquen, musgo y desperdicio nos ve partir rumbo a Apodaca.

“Nunca había visto bien esas montañas. Las veces que he venido a Monterrey llego al hotel y no salgo mucho. Por una de esas montañas vive Sanjuana”, dijo Poniatowska a su hijo Felipe, situado junto a ella en la parte trasera del vehículo.

Vida Universitaria está en un rediseño y nos interesa saber la opinión de Poniatowska en cuanto a la importancia de una publicación universitaria. Pero antes de abordar el tema, la periodista expone un asunto que la intriga: nunca ha sabido cuánto le pagan en La Jornada, periódico en el que escribe desde hace 30 años.

“Quisiera saber cuánto me pagan, porque yo siempre espero a que sean 10 artículos y entonces ya me pagan (…) y tengo 30 años ahí. Soy fundadora. Es un misterio total”, comentó.

Entramos a la génesis de la periodista Poniatowska, quien recuerda que en Excélsior le pagaban 300 pesos, de los de antes, por las crónicas de socialitos.

“Ganaba más la muchacha que trabajaba en mi casa que yo. Pero el periodismo es tan adictivo, se te mete tan adentro que, aunque no te paguen un centavo, ahí sigues. A mí me servía ese pago para los camiones que, en aquel tiempo, eran el Roma Mérida y el Colonia del Valle, uno verde y el otro rojo para ir a Excélsior, que estaba en Paseo de la Reforma”, recordó.

Hoy, el aspirante a un puesto de reportero en cualquier medio tradicional −diario, revista, radio y televisora− asegura que gozará de un sueldo fijo a una nómina, contrario a lo que sucedía en otros tiempos.

“A mí me encantaba que me pagaban en un sobre amarillo, de los que ya no hay, y adentro venía tu sueldo con tu descuento. Pero una vez me agarró en un corredor uno que era muy corrupto, se llamaba Carlos Denegri, a quien su mujer lo mató de un balazo.

“Él era un gran periodista de su época, Julio Scherer lo admiraba muchísimo; y él me agarró y me dijo que él hacía una columna que se llamaba ‘Miscelánea Semanal’, de sociales, de quién se casó con quién o quién anda con quién y había puras fórmulas, como Enrique Corcuera con su rubia favorita o su negra muy tres piedras.

“Él me dijo que si yo le podía hacer algo de las actividades de sociales de la gente, me lo iba a agradecer mucho. Yo le decía que no me sabía ni un solo chisme y él no me creía muy capaz. Entonces, un día me quiso pagar y metió su mano en el pantalón sacando un billete de 100 pesos, algo que en aquella época era mucho dinero; y a mí me dio tal horror que me pagara así.

“Yo quería ir a la caja y poner los timbres, se ponían timbres, unos chiquitos y otros grandes por el otro lado; y cuando me quiso pagar así me sentí ofendida, le dije que yo no recibía dinero así. Después, ya no quise trabajar con él porque ya no sabía ninguna de las cosas que él me pedía. Además, en esa época ya andaba yo con otros intereses”, confesó Poniatowska.

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El carácter de la entrevista

Poniatowska entrevista con una gran sonrisa. Cuando le preguntan si alguna vez le han negado una entrevista, sin pensarlo mucho dice “nunca”. Sin embargo, sí recuerda algunas anécdotas en donde la corrieron en plena entrevista con alguna personalidad.

Señala aquella ocasión cuando preguntó a un funcionario −siempre sonriendo− “Oiga ¿por qué es usted tan ladrón?” o la vez cuando algún escritor le cuestionó si había leído su obra, y ella contestó “ayer por la noche empecé a leer el libro en la tina de baño”. En ambas ocasiones, le pidieron retirarse, sin acompañarla a la puerta.

“Creo que tengo una gran dosis de masoquismo, me gusta mucho sufrir. A mí no me importaba que me fuera mal. Sí me daba tristeza que yo no había cumplido con el periódico o me había salido una nota horrible. En general, tiendo a pensar que lo que hago es horrible o que lo pude hacer mejor; esa eterna insatisfacción te hace pensar que mañana va a salir algo mejor. Así ha pasado de 1953 a la fecha”, comentó.

El tráfico es fluido. Poco a poco trazamos una ruta directa hacia el aeropuerto. Seguimos charlando y sacando fotos. Elena se familiariza con nuestra voz, la grabadora eterna, la lente. A través de los años los funcionarios, las personalidades, en general, los entrevistados, se han familiarizado con Poniatowska, por eso esta mujer elabora tan buenas entrevistas.

Pero hoy, cuando existe un boom en la expansión de los medios con tantos pasquines, tantas páginas web y medios alternos de comunicación, los entrevistados ven a los periodistas como algo menor.

“Ven a los periodistas como moscas que les estorban. Ahora es muy difícil que el funcionario diga que ‘no’ porque todo se graba, pero antes el funcionario decía ‘los periodistas mienten’. Había un gran descontento y cartas a la redacción diciendo ‘me falsearon’. Ahora no puede suceder porque todos usamos grabadoras”, señaló mientras firmaba el último libro.

El Sol va cayendo como una lluvia de oro. Los felinos de metal que son los automóviles, rugen, ronronean −eso depende del modelo y la compañía de fabricación− y tocamos otro tema, el del carácter del entrevistado y la relación del periodista con la entrevista.

“Hay un periodismo muy inmediato. Por ejemplo, María Félix, recuerdo que lo que le enfurecía, la única vez que aceptó dar un autógrafo, le enfurecía que se le pararan detrás.

“Recuerdo alguna vez a Carlos Fuentes, las personas de su editorial Alfaguara dijeron que él no iba a firmar ni contestar a la gente; y él se levantó y dijo ‘Claro que voy a firmar, claro que voy a contestar, es mi público, es mi gente y estoy aquí para eso’.

“Él ya era un hombre de pelo blanco y firmó de pie −nada más ponía su nombre− pero firmó fácil 300 libros sin quejarse. Todo depende también del carácter del funcionario o de la vedette; hay algunos que son muy accesibles y otros como Luis Miguel, que no sabemos si está perdiendo la cabeza o tiene el coco vacío o se lo chupó la bruja. Pero, sabemos que él ya no puede dar un concierto porque empieza una canción y a la tercera línea ya se le olvidó.

“Es algo muy grave, la celebridad también es un veneno. Hay que tratar de mantenerse lo más lejos posible de los reflectores porque todo eso te hace un daño, te hace una imagen, una idea de ti mismo que no es real, además de ser una cosa tan momentánea que dura unos segundos. Lo más tramposo de todo es la fama, la celebridad”, apuntó.

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Revelaciones

De vez en cuando, una entrevista le revela más al entrevistado −se conoce más a sí mismo o al entrevistador− y al final ambos se enriquecen.

“Sí. He tenido muchos diálogos con mucha gente que me hacen muchas revelaciones, no sólo sobre ellos mismos, el país o el asunto, sino también sobre mí misma. Yo les tengo un agradecimiento enorme, porque se preocupan por hacerte preguntas, por saber cosas que a lo mejor tú no habías pensado jamás, entonces es un aprendizaje continuo. Finalmente, la palabra es la comunicación de los seres humanos”, expresó.

Hemos tenido una gran conversación que toca distintos puntos. De pronto, entre la plática surge el nombre del novelista regiomontano David Toscana, avecindado desde hace varios años en Polonia. Hace tiempo, en entrevista, el escritor confesó que no sólo había abandonado Monterrey por la mala carne para asar, sino que a Polonia lo llevó el amor de una mujer. Desde aquella zona del mundo, Toscana ha escrito novelas como El ejército iluminado, Los puentes de Königsberg y La ciudad que el diablo se llevó.

Poniatowska trabaja en un libro sobre Polonia, y le gustaría contactar a Toscana para la traducción y algunos aspectos generales sobre aquellos territorios. Con esto, el lector sabrá que Poniatowska es una artista incansable, una conversadora dinámica y la misma Elena que uno ve en televisión, lee en La Jornada y en sus libros.

“Yo tenía muchas ventajas como mujer. En mi casa me hicieron mucho tango porque yo soy chaparrita, tengo una hermana alta y un hermano que medía casi 1.90. Me di cuenta que eso era una gran ventaja porque nadie me veía, no les parecía yo agresiva.

“Si hubiera yo sido Adela Micha, algo así como que te quieres tragar a la persona que está enfrente de ti, pues no. Entonces, yo podía entrar a cualquier lado y todo mundo me tomaba como muy de ellos, muy normal; me contaban cosas muy personales que se las dicen con más facilidad a una mujer.

“Ahora que lo veo desde acá, me digo ‘qué bueno que fui así como fui’, alguien que no los agredía ni les quería hacer algún daño o sacarles algo que ellos no querían decir. En general, yo nunca he insistido cuando alguien me dice ‘no, de eso yo no quiero hablar’”, concluyó antes de descender del vehículo.

Un hasta luego

Hemos llegado al aeropuerto. El motivo de la entrevista se fue gestando durante el trayecto. Alcanzamos a preguntarle qué opina acerca de este rediseño, de este renacer de una publicación universitaria.

“Es una maravilla, hace muchísima falta. Dirigirse a los jóvenes es importantísimo; es un lugar común decir que los jóvenes son el futuro de México, pero lo son”, finalizó.

Como habíamos temido, Elena y Felipe pierden el vuelo. Una hora y media después llega otro avión que los llevará de regreso a Ciudad de México. La Elena que el público vitoreaba, ahora está sentada en la mesa de una cadena de cafetería.

Curioso, como en las grandes historias, en el aeropuerto nadie la reconoce; los transeúntes andan de aquí para allá con teléfono móvil en mano. La mayoría porta audífonos en sus oídos. Allá ellos, que no escucharon las palabras de un dios y sí los cláxones del tedio.

Podemos asegurar que esa mujer que habla de los periodistas asesinados, de la discriminación de género dentro de los medios y en el país en general; aquella que entrevistó no una sola noche, sino por largas jornadas a madres de desaparecidos, a funcionarios corruptos, a artistas iluminados, es la misma que se toma un café y sonríe con dulzura: La Poniatowska. Se nos revela un hecho casi irrefutable: el periodismo es mal pagado, pero a veces paga y bien.

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