El rey del anonimato | Lecturas Ancilares

Víctor Barrera Enderle 



Hace unos años no hubiera sospechado que redactaría estas líneas. ¿Qué buscamos al escribir de músicos o artistas de la farándula? ¿Celebrarlos, denostarlos, conjurarlos? ¿Pasarles la factura por su contribución, significativa o insignificante, en nuestra educación sentimental? Puede ser un poco de todo lo anterior. Adentrase a los años ochenta, y más aún: al ámbito de la cultura de masas mexicana de esa época, es casi un viaje suicida. La última voluntad (una voluntad ya desquiciada por el fragor de una batalla sin sentido que no termina) del kamikaze. Pienso en los ochenta y un sonsonete retumba en mi cabeza, es una suerte de queja, de lamento pasado por el humor y la marginalidad, una marginalidad aceptada como condición sine qua non para malvivir en un mundo donde los discos siempre escaseaban, la televisión se acaba a la medianoche y la radio se escuchaba distorsionada.

Entre la programación edulcorada de la televisión dominical vespertina y los desfiles interminables de artistas amaestrados, aparecía de pronto Ricky Luis jugando un poco al payaso, burlándose de su condición de rockero del tercer mundo. “Tengo un mes con el mismo pantalón, y ¡qué!” se convirtió en su grito de batalla, en su marca y, a la postre, en su estigma. El país estaba en bancarrota; era el México post 68, adentrado en la devaluación y donde la postergada renovación moral no llegaba y a cambio nos lanzaba a la era neoliberal.

Ricky Luis parecía el bufón de la corte, es cierto; pero sus chistes eran de doble filo, y entre cada gracejada soltaba una verdad incómoda. ¿Quién reía al último? Cantaba desde un lugar poco visible. Era el portavoz no reconocido de la clase media (rechazado tanto por las incipientes tribus urbanas, que afianzaban el simulacro de su identidad con comportamientos y gustos predeterminados, como por esa rancia elite, mezcla de aristocracia venida a menos y un arribismo galopante). Su formación era precaria y heterogénea: la radio regiomontana de los años setenta: ese espectro que entonces era la amplitud modulada, refugio de los viejos gurús del rock: locutores que habían sobrevivido a la represión mediática posterior a Avándaro, y ahora se dedicaban a elaborar eternas bandas sonoras del desconsuelo. “La radio en el AM se escucha mejor, pues en vivo el locutor le pone sabor…” Un poco de condimento para una existencia gris, un grito de aliento o queja, entre una canción y otra: “Hey, tú, súbele más, que reviente la bocina, súbele más…”

El terremoto de 1985 puso el ritmo y la atmósfera para definir la segunda mitad de la década. En ese lapso Ricky Luis publicó sus cuatro trabajos más importantes: Ricky Luis (1985), Dicen que estoy loco (1986), Rock de la calle (1987) y El rey del anonimato (1990). Entre el primer y el último disco los temas se concentran en un repertorio de situaciones y emociones más o menos comunes para cualquier adolescente estancado en esa encrucijada espacio-temporal: la insatisfacción permanente; las escazas vías de evasión (“pongo caricaturas y voy olvidando aquel beso tan largo con los dos llorando…”); los escarceos, reales o imaginarios, con la esposa del vecino o la sirvienta rockera; el rechazo a los trajeados (con la inevitable certeza de que algún día terminaríamos igual, con la corbata ajustada y los zapatos apretados); y la certeza de que, en estos lares, el rock nunca ha sido y nunca fue profesión.

Llegaron, así, los noventa y con ellos nuevas profecías anunciaban el anhelado arribo al primer mundo. El Tratado de Libre Comercio era el tránsito necesario para alcanzar esa meta; en lugar de eso nos quedamos con el zapatismo y el desmoronamiento de la clase política (esa bala que sigue, hasta el infinito, penetrando el cráneo de Luis Donaldo Colosio). Ya no eran tiempos para trovadores urbanos, ya no lo son; pero a veces sigo practicando ese nimio gesto de rebeldía: retorcer el dial del volumen hasta el tope, después de todo en el reino del anonimato todos podemos manifestarnos de una manera u otra, y tal vez por eso escribí hoy estas líneas.

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