EXHUMANDO LETRAS | Adiós Rimbaud

Adiós Rimbaud

Carmen V. Avendaño;
UNAL; 2013; 68 pp.

 

Ser joven –suficientemente joven– como para desconfiar del mundo y plantearse una fuga de sí mismo y abandonarlo todo. Abandonar el cuaderno de notas, echarse a recorrer nuevos caminos en busca de un aliciente con esa actitud hermética y testaruda con la que lo haría el poeta francés Arthur Rimbaud. Si eres extranjero y poeta, lo sabes, si eres suramericano, lo entiendes mejor; escribir significa perder países, también significa convertirte en un mosaico que va dejando pedazos y recogiendo otros en cada paso.  Entonces, abandonar un país y hacerte de otro, significa atravesar el cielo como una navaja,  mezclar la autobiografía con otra prestada y encontrarse en un punto donde ya no se sepa dónde comienza alguna de las dos.

Adiós Rimbaud, de Carmen V. Avendaño (Santiago de Chile, 1976), bien puede considerarse un poemario con tres líneas principales (la pérdida –incluyendo las viejas lecturas–, las notas biográficas y la crítica poética) que conducen a un punto común: la reconstrucción de un personaje sumergido en la desconfianza. La poeta, quien reside en México actualmente, deja claro desde su segundo poema, Partir a los 17, que no podía ser distinto. Le tocó nacer bajo la dictadura pinochetista, que duró también 17 años. En el poema nos dice: “y tras pasar la aduana/ dictadura momentánea/ subí con sonoros pasos/ la escalera al destino”. Así, el resto del libro puede verse como un viaje incesante, donde el avión y la escritura pudieran ser lo mismo; un sitio que te obligará a ver por la ventanilla del vuelo y sumergirte en la imaginación y el nerviosismo de en algún momento alguna turbina fallar. La sensación de que en cualquier momento todo puede irse a pique: “Adelante, el horizonte/ atrás, un paisaje roto”.

La figura del viajero estará presente en muchas páginas. En Como Neruda, sus pies se asemejan a los de Ulises, el primer gran trotamundos en la historia literaria; en Puertas abierta, se ve en una “casa ausente”, ajena totalmente a su decisión; y en otro poema, más adelante, dice: “inaugurando pasos puede perderse”. Pero también aparece la figura de la madre, la que ve en sus hijos el nacimiento del mundo y de sí misma: “Mi hija lo arruga todo./ Como si quisiera hacer converger en ella/ cada línea del universo”. Es como si Avendaño colocara en  cada verso pistas para ser encontrada, y al final de ese recorrido nos tomara de la mano y llevara a su pasado con todas sus altas y bajas.

Si bien es un poemario corto, se puede encontrar por momentos un tono juguetón, irónico y desafiante, a lo mejor opacado por las rimas innecesarias entre los versos, pero los temas son variados y buscan alentar una conversación sobre la poesía en nuestros días: “Todos los jóvenes poetas que conozco/ quieren seguir siendo jóvenes poetas”. El verso es claro y trae consigo varias preguntas implícitas: ¿Lo joven de hoy será lo joven de mañana?  ¿Juventud es igual a excesos? ¿son los temas sociales o “serios” asunto de la poesía “adulta”?

Nérvinson Machado

nervinson@gmail.com

 

 

 

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