Extrañando a James Dean

A veces la efeméride va más allá de un simple homenaje o el camino más corto para llenar unas cuartillas. En los tiempos que corren (claro, no deja de hacerse buen cine), viene bien ese repaso al pasado, jalón de orejas para los jóvenes que hoy disfrutan el cine e incluso piensan hacerlo. Ahora le dedicamos nuestras hojas a James Dean, quien a 60 años de haberse ido (qué cercano y vivo parece estar), resucitará todos los clichés poperos. Intentemos explorar un poco más.

James Dean, el enfant terrible que nunca pretendió ser; Dean, manojo de compulsiones de un solo y terrible estado de ánimo, el origen patético de la malditez sin causa (aparente); James Dean y su estampa gris: mirada huidiza y alzado el cuello de la chamarra; James, chamaco de apenas 24 años y ya consagrado (como Manuel Acuña) rompiéndose el cuello al estrellarse con un Ford.

En alguna ocasión, al presentar Al Este del Edén, el crítico Nazario Sepúlveda dijo que James no había tenido que actuar: era él mismo. Y siempre es él en cada una de sus tres películas. Algo de su personalidad se trasmina en los rasgos de esos seres que interpretó, o que, simplemente, re-creó. Fuera de los primeros tanteos de juventud, Dean tiene tres papeles principales en obras que, para su fortuna y del cine mismo, conjuntó talentos dispares y brillantes a la vez.

Para la primera de esas obras (1955), el célebre director Elia Kazan contaba con una obra clásica como argumento: Al Este del Edén, escrita por el famoso novelista John Steinbeck, que también cuenta con la participación de grandes actores como el gran Burl Ives. James hace a Cal Trask, hijo siempre a la saga de su hermano mayor y ninguneado por su padre. Así, James no pudo tener mejor oportunidad de catarsis que ese personaje tan parecido a él, en su desvalimiento anímico, su timidez y el odio al padre. Ese llanto que lo quiebra cuando su padre rechaza el dinero que ha conseguido por considerarlo innoble, es uno de los grandes momentos no sólo de Dean sino de la cinematografía mundial; ese llanto que a primera instancia parecería desproporcionado y falto de calidad, es de una pureza y conmoción indescriptibles. Lo dicho: no estaba actuando.

Para Rebelde sin causa (1955), quizá todo está dicho con el nombre del director Nicholas Ray, autor (con letras mayúsculas) de obras como Johnny Guitar o The True Story of Jesse James, y homenajeado por Wim Wenders. Pero cuenta también con la actuación de otra joven estrella, la bella y sensual Natalie Wood, quien junto a James (como Jimmi Stark) encarna ese dibujo un tanto naive, pero sincero de la juventud que asumía con acritud la llamada modernidad (conjunto sistemático de esperanzas y victorias impostadas con el dogma capitalista como pivote). La nota álgida la pone el actor Sal Mineo, quien en su papel de Platón, comporta el martirio de esa juventud en un momento de muerte captado con gran dramatismo por Nicholas Ray, en un atípico y excelso movimiento de cámara.

En su tercer y último largometraje (1956), el sostén es también una novela, menos famosa pero no menos valiosa: Gigante, filmada por otro gran director: George Stevens (también autor de A Place in the Sun). En esta cinta aparecen otros dos monstruos de la cinematografía mundial: Rock Hudson y Liz Tylor. Larga película que nos describe la siempre novelable divergencia entre el sur y el norte estadounidenses, pero también uno de los lastres que a la fecha arrastran: el racismo y su palurdez. James interpreta a Jett, nuevamente un joven retraído y ninguneado, que tropieza con la riqueza en forma de oro negro. Aquí vemos por primera vez a Dean haciendo un papel que se desarrolla más allá de la adolescencia y la primera juventud, pero desbarrancándose igualmente, quizá por el mismo éxito no esperado, que lo rebasa y aturde, aislándolo hasta naufragar en el alcoholismo.

Inevitable metáfora de ese James que salió disparado de su coche antes de iniciar otra carrera, el 30 de septiembre de 1955, y que ha dejado -como tantas leyendas- a la posteridad todas las lecturas y relecturas de especulación posible. Más allá de los documentales y del comentario del periodista perspicaz, de toda esa estela de baratijas y superficialidad que acompaña al Gran Rostro, la obra de James Dean -breve mas hermosa- está ahí.

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