Fugas: una saga sobre los orígenes y la identidad

“El Sol es un disco dorado besando las aguas”, escribe William Navarrete en una de las páginas. Basta la poética de esta sola imagen para situarnos de golpe en la Isla. Nacido en Cuba en 1968 y residente en París hace más de 20 años, el autor editado en Francia, México, Italia y España presentó Fugas el 15 de marzo durante la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2015.

Lizbet García Rodríguez


 

Captura de pantalla 2015-04-29 a la(s) 11.14.07¿Cómo – en medio de tanto registro de la memoria– construyes esta novela?

Fugas nace del deseo de contar algunos hechos de mi vida y otros de personas que conocí. También de la voluntad de diseñar una saga sobre el tema de los orígenes, de la identidad, de entender el mundo que heredamos y que, al intentar cambiarlo, nos dimos cuenta de que volvemos al punto de partida. En esa saga está la familia (o lo que va quedando de esta institución antes sagrada) después de revoluciones, éxodos, rupturas. Y esa familia, que es en gran medida la mía, da pie a tópicos que siempre me han interesado: el oriente de Cuba, la tradición, la historia que no cuentan los libros, los aspectos en apariencias intrascendentes que el imaginario popular convierte en míticos.

Siendo la música cubana una especie de columna vertebral de nuestra identidad, creí oportuno darle título musical a la novela y comenzarla con música (la de una conga de negros durante un carnaval en el pueblo oriental de Banes) y de música clásica alemana (la de Bach en específico y sus célebres Fugas), por ese afán popular de imitar siempre a la elite social en cualquier país. La novela está construida a partir de varios puntos de fugas: la de la niñez de Orlandito -el personaje principal- y la del fin de la adolescencia; la del pueblo de la niñez y la de la capital de la isla en la que se desarrolla la segunda parte de historia. Cuatro fugas a ritmo siempre de música clásica y popular, infinidad de otras fugas a las que todos recurrimos para seguir viviendo.

La Historia, con mayúsculas, siempre nos deja esa sensación de duda “¿habrá pasado así en realidad?”, pero las historias con minúsculas nos devuelven legitimidad, gente haciendo historia en primera persona. ¿Te interesa abordar la literatura desde esos paisajes personales?

Sí. Creo que la historia verídica es la de todos los días, la que no atraviesa el filtro de la prensa o los manuales. Son los hechos de los que no habla nadie porque se viven a diario, de los que somos testigos y los que trazan el mapa cotidiano de la humanidad. En apariencia intrascendentes: un negro trompetista que es cabecilla de una conga de barrio a la vez que técnico de equipos de aeronáutica, una abuela que atesora y elabora recetas de cuando los franceses emigraron al oriente cubano después de la revolución haitiana, unos jóvenes estudiantes de Historia del Arte que buscan la verdad más allá de lo sus cursos universitarios… son los actores que determinan la vida en un país. Los detonadores, los momentos clímax, pueden ser los que realmente hacen cambiar el curso de la historia, pero para llegar a éstos son siempre esas “pequeñas cosas” (de ahí que el capítulo dos de la novela empieza con un comentario sobre ese cuadro del pintor Servando Cabrera Moreno) las de la cotidianeidad de cada personaje y, en su conjunto, las de todos, lo que permite escribir la verdadera historia de una nación.

Usas varios recursos para gestar tu narrativa: búsqueda periodística de datos, un ojo de curador para mostrarnos imágenes de cada época, frases poéticas disfrazadas de prosa. ¿Qué William sobresale con más fuerza: el narrador, el poeta, el periodista, el historiador de arte?

De eso no sé nada. Solo puedo decir que estudié Historia del Arte en La Habana y Literatura Hispanoamericana en París, que he vivido los últimos 25 años de mi vida mirando pintura y arte en general, ya sea porque lo estudié en una época de mi vida o porque he vivido y recorrido mucho de Europa y de sus museos, monumentos, exposiciones, cúmulo de obras relevantes. El periodismo, por otra parte, lo ejerzo desde que llegué a París, pues con regularidad escribo para revistas y periódicos en diferentes lugares y niveles. La poesía también la cultivo desde joven, con periodos de altas y bajas en los que de pronto escribo un poemario en poco tiempo y luego, cuando creo abandonarla, termina aflorando en la prosa o textos que voy escribiendo.

Lo importante es no creerse nada ni intentar poner freno a lo que, en términos de creatividad, podemos lograr. Si de pronto la poesía irrumpe en el curso narrativo de una novela, pues bienvenida sea. Y si en esa misma novela aparece por necesidad un testimonio casi “periodístico” es porque así tenía que ser. Edad de miedo al frío, mi primer poemario, es justamente eso: el miedo de tener que decidir, de no saber cómo definir el mundo o definirse uno mismo, el ignorar qué hacer o qué nos espera. Es un poemario de juventud, algo ingenuo, con una mirada fresca de lo que iba descubriendo por el mundo. Incluso en esos versos hay un deseo, tal vez inconsciente, de dejar testimonio del mundo que voy descubriendo.

¿Cuáles son los principales “ingredientes” que necesitas para escribir?

Tranquilidad, cosa que no tengo siempre porque me desplazo y viajo bastante. Cuando viajo no escribo, o sea, escribo poco. Estar tranquilo, reposado, asentado en un sitio, es difícil si queremos ver (con mayúsculas), estar (también con mayúsculas). A mí no me gusta que me cuenten las cosas: prefiero tenerlas al alcance de la mano para entenderlas a mi manera y apropiarme de ellas. Creo que para escribir necesito ese tiempo de distancia y reposo que me falta; el necesario para poder derramar sobre el papel lo ya palpado, olido, sentido, degustado, apreciado, escuchado, luego, una idea en la que pueda creer.

Se habla de una crisis, que si la gente no lee; pero hoy la gente escribe –y lee– como nunca, dígase libros o blogs, periódicos o estados de facebook, tuits, publicidad. Como lector de este siglo ¿cómo crees que debemos digerir toda esta avalancha de ideas escritas?

La literatura (como muchas de las artes) era elitista. Durante siglos leían unos pocos y la historia (post Gutenberg) de las letras se escribía en estrechos círculos. La expresión popular de la literatura fue, durante siglos, después del descubrimiento de la imprenta, el teatro o los espectáculos callejeros, como ahora lo es el cine o las series televisivas. Cuando millones de espectadores ven una película o una serie basada en una novela, asisten de algún modo a la manifestación popular de la literatura y “leen” aunque solo oigan.

Luego hubo un periodo de casi medio siglo, después del fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), de democratización de la lectura, muy a tono con las extraordinarias capacidades técnicas que ofrecía el mundo de la impresión y la edición al por mayor. Ese periodo de “bonanza” nunca fue tal, sino de “excesiva abundancia” (valga el superlativo abusivo). Es lógico que después de ese espejismo las cosas se nivelen nuevamente y las aguas retomen su nivel. Hay un intento de hacer convivir literatura y soportes digitales. Creo que sucederá como con el descubrimiento del cine: algunas obras conquistarán al mundo virtual como en el pasado solo algunas conquistaron la gran pantalla. Me parece que la única manera de digerir todo lo que está ocurriendo en materia de “escritura flotante” es protegiéndose un poco de la idea de querer abarcar más de lo que humanamente podemos asimilar. El instinto es tal vez la mejor solución. Que cada cual se deje llevar por su olfato porque el olfato es lo único que revela nuestra justa medida.

¿Cómo se percibe hoy en Europa la literatura –y el arte en general– producidos en Latinoamérica?

En Europa literatura latinoamericana sigue siendo sinónimo de “boom”. La pintura que trasciende es la avalada por los cenáculos del mercado impuestos por las galerías y los museos de Estados Unidos. Para el europeo el siglo XX mexicano, por ejemplo, es Frida Kahlo, los muralistas y Rulfo; el argentino, Borges y Cortázar; el de Colombia, Macondo y así sucesivamente. La imagen latinoamericana que logra penetrar el imaginario europeo corresponde a la cultura popular: música, baile, carnaval, ciertas tradiciones. De ahí que la idea sigue siendo la de una América Latina bastante homogénea traducida en términos ruido, colorido y exuberancia excesivos … En Europa (exceptuando tal vez ciertos sectores de la población española) se percibe que América Latina es un todo en el que, por un lado, perduran indicadores de un mundo prehispánico (que es el que en realidad interesa a ciertos europeos) y, por otro, aquel que se desgajó de Europa (ingrediente chino y africano incluido), que despierta menos curiosidad y cuyas diferencias con respecto a los modelos originales no logran discernir.

Grosso modo, sigue siendo muy confuso para el europeo discernir las diferencias entre un peruano y un mexicano desgajados de la matriz europea. La capacidad sincrética americana en Europa no se entiende o no se capta en toda su plenitud, porque el sincretismo europeo data de la época lejana en que se romanizó, barbarizó o arabizó parte de este continente; y esto es algo que les queda demasiado lejos en el tiempo como para entenderlo a partir del modelo propio. Por ello, el concepto de lo “real maravilloso” latinoamericano ha servido de cajón de sastre muy cómodo en el que suelen echar todo lo latinoamericano que se exprese de modo sincrético. En realidad ha sido (y es) un concepto dañino, pues impide, hoy por hoy, que se aprecien nuestras sutiles o grandes diferencias e individualidades.

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