La línea blanca | EXHUMANDO LETRAS

René Morales;
Regia Cartonera; 2014; 65 pp.

Muchos conocen de sobra el veredicto de Theodor Adorno: “No se puede escribir poesía después de Auschwitz. Algo similar, pero sin la profundidad de Adorno, escuché de varios poetas locales, quienes se quejaban: “¿Cómo hacer poesía con tanta violencia?”. Por supuesto, quienes lo decían eran escritores –si no principiantes, por lo menos de pocas lecturas– con una acomodada posición dentro del medio de escritores locales.

A esto tengo que sumarle la entrevista de un aficionado a las letras a un medio impreso quien, con cierto toque de buena intención e ingenuidad, afirmó que “escribo para salvar al mundo”.

El problema es su versión para convertirse en Superman, que incluye una serie de recetas caseras de amor y desamor, un lenguaje sacado malamente de Sabina, y una versión de poesía urbana que incluye el recorrido por las calles ─pero de hace dos siglos─, si juzgamos el uso excesivo de epítetos/adjetivos, su falta de creatividad para exponer un tema (o sus propios sentimientos) y sumarle, para rematar, una visión miope sobre las pasiones humanas (reducidas a una bipolarización entre odio y amor, nada más).

El problema, tanto en Adorno como en escritores conservadores, es creer que la poesía es un libro de autoayuda o un panfleto amoroso. Celan, quien vivió en carne propia el horror, fue una muestra en vida y obra que la poesía es otra cosa y que está en otro lado.

         Entonces, ante ese panorama, puede resultar extraño –no  para un lector crítico– cuando un poeta advierte en la primera página que “Este libro habla de un país que sangra”. La Línea blanca (Regia Cartonera, 2014) es una suerte de poemario crítico, juguetón y crudo que viene a contravenir la idea de la tranquilidad poética y busca inquietar al lector.

Con un tono sarcástico y no menos doloroso, René Morales (quien desde niño vive en el estado de Chiapas) hace de las páginas una encarnación de los migrantes, nacionales o extranjeros, en un país que se desvanece por las drogas y la violencia. La polifonía de sus páginas reconstruyen el dolor desde distintas perspectivas: el familiar que ve partir al ser querido, el sueño americano como un espejismo y negocio de la violencia, la crítica a un país espectador de la sangre y el testimonio de las recientes matanzas de migrantes en distintas ciudades  en el norte del país.

         Con este poemario, presentado el 6 de julio en la Casa Universitaria del Libro, de manera especial, la editorial Regia Cartonera celebró su quinto aniversario y demostró que sigue buscando una línea editorial oxigenada y coloca en la mesa el debate de lo que puede ser  crear en esta época. Es decir, los escritores pueden seguir siendo personas que aceptan un buen conjunto de convenciones, donde ni voz y ni voto han tenido (y creer que la repetición de una fórmula determinada los catapultará a la fama); o bien, se puede intentar, al igual que el lenguaje cotidiano, continuar con vivacidad, nutriéndose de su entorno y asimilar que cada época tiene sus propios desafíos.

El punto es no tomar la historia como una piedra inamovible o figurando en un museo, sino reconocer su aspecto narrativo –de inter-cambio– y tal vez repetir, como lo hace René Morales en sus páginas: “Heme aquí / escribiendo de un país que ya no existe”.

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