LA OTRA CAVERNA | Lecturas Ancilares

Roberto Kaput



 

De las muchas sorpresas que albergan las librerías de viejo, acaso la más interesante se relacione con los encuentros fortuitos. Y no me refiero a esa pasión desbordada por las primeras ediciones o los ejemplares raros. Mi biblioteca se formó, con contadas excepciones, con el material que fui encontrando en esa cuadra del centro de Monterrey que todos nombran Guerrero y que yo identifico con Vitaliano Cerda, la cervecería La Bolita y las tiendas de herbolaria. Quien me conoce sabe que suelo olvidar el nombre de las calles pero nunca las señas. Un amigo me ha dicho que esa cuadra se encuentra entre Modesto Arreola (la calle del Banorte) y Washington (la calle de la papelería Patria). Los encuentros a los que me refiero tienen como escenario el libro, de acuerdo, pero el protagonista es otro: es el lector que me precede, esa presencia que se esconde detrás de un nombre, una fecha, un apunte que me arranca de la lectura y que me recuerda que el espacio que habito fue ocupado por otro. Es de ese lector y de esa presencia de lo que quisiera hablar.

En el año 2000, recién graduado, decidí que era momento de ver el mundo más allá de las páginas de un libro. Todos conocemos ese sentimiento, imagino, pero a mí me sorprendió tras el primer despido laboral. La ciudad, el país, no estaba para absorber a un egresado de Letras Españolas, así que un día metí en una maleta cinco mudas, cuatro libros, una libreta y los papeles necesarios para cruzar la frontera. Me había puesto en contacto con un amigo que pertenecía a una red de michoacanos radicados en Kansas City, dedicados a colocar indocumentados en los trabajos más disparatados. En un autobús sin clima, en compañía de otros mexicanos, me interné en Estados Unidos dispuesto a lavar platos y conocer la otra vida. Entre los libros que me acompañaban iba uno en color sepia, con manchas de leopardo y un pequeño recorte con la fotografía de un gato. Era Queremos tanto a Glenda de Julio Cortázar. Lo había adquirido por cinco pesos en la mesa de saldos de la desaparecida librería Múzquiz. Múzquiz es un profesor retirado, nunca he sabido exactamente de qué, que solía apilar libros mohosos en el cuarto trasero de su establecimiento y escuchar todo el día música clásica. De cuando en cuando todavía se le ve en las librerías de viejo, discutiendo de metafísica. En fin, que yo, dispuesto a conocer el mundo, me interné en la lectura de aquel libro, un poco por fastidio, un poco por miedo, otro tanto porque el calor era insoportable y no había manera de abrir la ventanilla.

Allí encontré un cuento que había leído en la adolescencia, “Texto en una libreta”, que en su momento interpreté en clave fantástica: ya saben, la cotidianidad argentina del barrio que de pronto se desfonda sin apenas darnos tiempo de reaccionar, dejándonos instalados en el extrañamiento. En esta ocasión, sin embargo, encontré dos anotaciones al margen que enriquecieron la lectura de Julio en aquellos meses en que me dediqué a lavar platos, cavar zanjas, pasear perros y pintar casas americanas.

El cuento narra la desaparición de cuatro usuarios del subte. Un día, el control de pasajeros registra 113 mil 987 entradas y 113 mil 983 salidas. Las autoridades atribuyen la diferencia a un error de cálculo. La información se omite de los reportes y la vida de la ciudad sigue su curso. Poco a poco nos enteramos de que esas cuatro personas se quedaron a vivir en el subterráneo de Buenos Aires. De tanto en tanto alguien, venido de fuera, les pasa dinero y hatillos de ropa. Al primer grupo se le suman poco a poco otras personas, hasta que logran apoderarse de varios trenes. Esto parece preocupar al autor del manuscrito, que a menudo apela a la tranquilidad de la ciudad. Una tarde, durante sus pesquisas, identifica a un integrante del grupo, una chica pálida tras meses de permanecer a la sombra. “Pero el canario, vos lo cuidás, ¿verdad? ¿Vos le das el alpiste todas las mañanas, y el pedacito de vainilla?”, escucha que dice al auricular de un teléfono público. Acto seguido, la muchacha se suicida. Hacia el final del cuento el autor se siente inquieto, piensa que los miembros del grupo lo han identificado. Renuncia temporalmente a usar las líneas del metro, pero el recuerdo de aquella chica y su sentido del deber lo obligan a encarar al enemigo. El título sugiere que también él desaparece, posiblemente a manos de los habitantes del subte.

Encontré tres anotaciones que decían “Ernesto Sanmartino”, “Aluvión zoológico”, “Revolución peronista”, brindándome una lectura política del texto. Ésta, por supuesto, no borra la otra, sino que se le suma, haciendo de la literatura fantástica de Julio un instrumento mucho más rico y efectivo. Me apena no poder consultar aquel libro mientras escribo estas líneas, lo perdí en algún punto entre Kansas City y Monterrey, acaso en la estación de Oklahoma, donde pernocté sintiéndome completamente derrotado entre pasajeros desdentados que hablaban de su vida en la granja, o en el autobús Greyhound donde escuché a un conductor negro rapear el itinerario que nos llevaría a Houston. Repito, suelo olvidar los nombres pero nunca las señas. Entre las muchas que seguí para regresar a casa, a mi oficio, a las librerías de viejo que se encuentran entre la calle del Banorte y la papelería Patria, está aquella lectura de Julio, que ahora se me antoja como la metáfora perfecta de mi vida como lector de segunda mano: personas perseguidas que entran pero no salen del subte, perdidas entre líneas, anhelando de cuando en cuando reencontrarse con el mundo de canarios que dejaron allá afuera.

 

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