LEESLEO

 

 Me ve como desde un siglo remoto,

como desde un estrato geológico distinto.

Del idioma que algunos atesoran

le dieron de limosna una palabra

para pedir su pan y otra para dar gracias.

Ninguna para el diálogo.

El domador, con látigo y revólveres,

le enseña a hacer piruetas divertidas,

pero no a erguirse, no a romper la jaula,

y lo premia con una palmada sobre el lomo.

Aunque son tantos (nunca se acabarán, prometen

las profecías) cada uno

cree que es el último sobreviviente

-después de la catástrofe- de una especie extinguida.

Allí está: receptáculo

de la curiosidad incrédula, del odio,

del llanto compasivo, del temor.

Como una luz nos hace

cerrar violentamente los ojos y volvernos

hacia lo que se puede comprender.

Nadie, aunque algunos juren en el templo en la esquina,

desde la silla del poder o sobre

el estrado del juez, nadie es igual

al pobre ni es hermano de los pobres.

Hay distancia. Hay la misma extrañeza interrogante

que ante lo mineral. Hay la inquietud

que suscita un axioma falso. Hay

la alarma, y aún la risa,

de cuando contemplamos

nuestra caricatura, nuestro ayer en un simio.

Y hay algo más. El puño se nos cierra

para oprimir; y el alma

para rechazar lejos al intruso.

¡Qué náusea repentina

(su figura, mi horror)

por lo que debería ser un hombre y no es!

Si tú y yo habitáramos en todas sus dimensiones posibles este texto, El pobre, de Rosario Castellanos (1925-1974), podríamos erigirnos “hablantes”,  revivir pasajes y emociones, en grado o más que la persona que oímos en el poema. Estaríamos tan cerca de la autora como ella del personaje construido sin descartar, claro, que sea ella misma; incluso, renovaríamos la voz. Su biografía nos remitirá hasta la franja de Gaza: ejemplo vivo de irracionalidad, o ¿de involución humana? Al menos “como desde un siglo remoto”, para empezar.

 

En el ámbito de dimensiones, posiblemente, quien lee conmigo estos versos descubrirá mucho más; mientras tanto, a partir de la segunda estrofa tuve que preguntarme ¿quién es ese agiotista “domador, con látigo y revólveres” del idioma?, como si no bastaran acaparadores de la riqueza material. “Le dieron –al pobre- de limosna una palabra”; sigo preguntándome si hay gente que se conforme de ese modo; en espera de que “alguien” le dé, por caridad, palabras para intervenir. ¿Cómo defender, entonces, derechos fundamentales?

Irónica y dolida, Castellanos equipara al pobre con los animales; al cual, se “le enseña a hacer piruetas divertidas, /pero no a erguirse, no a romper la jaula”. Inevitable seguir preguntándose ¿quién es el pobre en este país?, ¿sólo el que no tiene qué comer? Parece común sumar a la miseria discriminación e ignorancia; pero, a modo de reivindicación, podemos aplaudir al Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio que junto a otros grupos ciudadanos marchan plantando “cruces rosas” para exigir alerta de género por feminicidios que son pan de todos los días en el país; a quienes alertan que la perforación de pozos para obtener gas shale con fracking, incrementaría la contaminación al menos de mantos freáticos y con ello la incidencia de cáncer, en población mexicana; a los que denuncian la corrupción a cuenta de su vida y libertad física, defendiendo la dignidad humana, como el doctor Mireles.

Son actos que hacen reconocernos, hombres y mujeres, dignos de pertenecer a una raza pensante, capaces de dialogar cuando debe hacerse, exigir y defender la calidad de ser humano; que aspira a mucho más que “una palmada sobre el lomo”. Y, sí podemos, así haya quien lo dude, debemos hermanarnos con los pobres de este país y del mundo; si no, ¿cómo sabremos en verdad que crecimos?

 

 

 

 

 

 

 

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