LEESLEO

Graciela Salazar Reyna


Es indispensable pensar que formamos parte 

de un continente cuya historia la hemos de hacer nosotros.

Octavio Paz

Quiero decirte esto:

no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré

nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él,

lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente.

La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece

la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi,

la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí

no me queda más que silencio, hasta quien sabe cuándo;

si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque

sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti.

Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome

Ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras,

como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas.

No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica.

Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio,

o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tú sabrás lo que siento.

Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina

donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez

en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes,

para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas

reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto

que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna

primera persona en singular, y en cambio me siento incapaz

de decir nada de él. Me callo entonces.

Cuánta verdad en el dicho de Gabriel Zaid, cuando afirma “cada lector es un mundo”; crearemos, por consecuencia, en el universo de la lectura no sólo tantos mundos como lectores haya, sino que, se multiplicarán cada vez que estos lean. Se antoja una suerte de imágenes al infinito, intervenidas por luces y sombras; tal como sucede contigo que has leído, arriba, el epígrafe de Paz y el texto que le sigue, “Quiero…”, haciéndote preguntas e intentando saber qué relación tiene con nosotros, estudiantes, profesionistas, asalariados o no; hermanos, padres, hijos, amigos; hombres y mujeres, ciudadanos de este país.

Los centenarios Cortázar (1914-1984), Huerta (1914-1982), Paz (1914-1998) y Revueltas (1914-1976), a 14 años contables del siglo XXI, perduran a través de su obra literaria, como arte de una misión venida a saber desde dónde, para reafirmarnos gente. Octavio, por ejemplo, siendo aún adolescente escribió, sus reflexiones en torno a la ética; Julio, cuya carta, enviada a un amigo a propósito del Che, leemos ahora; Efraín, congruente, alerta siempre de su entorno social; no se diga, José, querido y respetado por sus coetáneos y colegas, “el escritor más moral” ha dicho Elena Poniatowska. Salta, al  menos una pregunta que nos compete, ¿quiénes, jóvenes y no tanto, hemos dedicado un segundo de nuestra vida; ahora mismo, a pensar, imaginar que la historia de nuestro país, del continente o del mundo, nos pide ser hecha?

Hacer ¿es cuestión de edades y generaciones? En este punto son inevitables las imágenes de un cura Hidalgo, un padre Mier, de tantos viejos jóvenes que, con otros, jóvenes más jóvenes, han levantado muchas patrias; como aquéllos del “Mayo francés del 68” o los de Tlatelolco que desearon llevar “la imaginación al poder”,  mientras tuvieron aliento. Hacer, más por principios éticos que por ideologías. Tal vez, a la postre, intuyen lo que canta Efraín Huerta a José Revueltas, en Recuerdo del amor, “vamos al infinito apoyados en nuestra propia sangre”; pactos consigo mismos.

Quizá, también, por eso es capaz Cortázar de sufrir y entender lo irremplazable y reconocerse débil, no obstante, crear incluso en el dolor extremo un mirador para las generaciones todas “Yo tuve un hermano que iba por los montes /mientras yo dormía. /No nos vimos nunca pero no importaba /mi hermano despierto mientras yo dormía. (…) /Mi hermano mostrándome detrás de la noche /su estrella elegida.

Qué hacer, pues, en aras del pequeño espacio que nos toca y tocamos… Recientemente, nuestro amigo Hugo del Río cuestionaba el intento de cambiar el nombre a la avenida Constitución de esta ciudad, por Lorenzo Zambrano; “nos retrata, de cuerpo entero -decía-, como sociedad desvertebrada”: sale del imaginario colectivo la mención de nuestra Carta Magna, para honrar a un empresario. La que se dirige a cada mundo coincide, más, con Revueltas “Ni estatuas ni homenajes significan, la única victoria de un escritor –u otro ser humano diría yo- se produce en la intimidad, al lograr un vínculo silencioso y apasionado con otra conciencia”. Por cierto si, de veras, no embarcamos dos veces en el mismo río y leer es una forma de tomar el barco ¿por qué no probar un viaje a nuestros cuatro centenarios?

 Carta de Julio Cortázar, fechada en París, el 29 de octubre, 1967

 Octavio Paz. Ética del artista. Citado por Gabriel Zaid: “Octavio Paz y la emancipación cultural” (La Jornada Semanal, núm. 235, 19 de mazo, 1989).

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