LEESLEO

LLEGA el invierno. Espléndido dictado

me dan las lentas hojas /vestidas de silencio y amarillo.

 

Soy un libro de nieve /una espaciosa mano, una pradera,

un círculo que espera /pertenezco a la tierra y a su invierno.

 

Creció el rumor del mundo en el follaje

ardió después el trigo constelado /por flores rojas quemaduras,

luego, llegó el otoño a establecer /la escritura del vino:

todo pasó, fue cielo pasajero /la copa del estío

y se apagó la nube navegante.

 

Yo esperé en el balcón tan enlutado

como ayer las yedras de mi infancia

que la tierra extendiera /sus alas en mi amor deshabitado.

 

Yo supe que la rosa caería

y el hueso del durazno transitorio /volvería a dormir y a germinar:

y me embriagué con la copa del aire

hasta que todo el mar se hizo nocturno /y el arrebol se convirtió en ceniza.

 

La tierra vive ahora /tranquilizando su interrogatorio

extendida la piel de su silencio.

Yo vuelvo a ser ahora /el taciturno que llegó de lejos

envuelto en lluvia fría y en campanas:

debo a la muerte pura de la tierra

la voluntad de mis germinaciones.

 

Somos producto del medio en que crecemos: espacio, tiempo y circunstancia nos hacen, más que la genética, menos o más sensibles o conscientes ante lo que sucede. A punto de irse 2014, consignaremos en el balance de vivir pérdidas y ganancias. Otros, muertos o desaparecidos a fuerza, no tendrán la oportunidad que nosotros de señalar la Navidad en sus calendarios; madres y padres, hermanos y amigos, compañeros de 43 normalistas, víctimas de la impunidad, la corrupción y falta de justicia, incluso de pobreza extrema, no celebrarán estos días. No habrá presente, ¿apostamos?, que pueda suplir su ausencia.

No obstante, la palpable tristeza en nuestro país, desde hace casi tres meses, ímpetu e indignación se yerguen, para seguir buscando desaparecidos. En la FIL Guadalajara presenciamos una de las muestras más claras de solidaridad y conciencia ciudadana: escritores, intelectuales, artistas, estudiantes, amas de casa nacionales y del extranjero –Carlotto, abuela de la Plaza de Mayo, Rius, Poniatowka, Lydia Cacho, por citar algunos- abarrotamos el auditorio Enrique González Martínez, uno de tantos espacios dedicados allí a difundir ciencia y cultura, artes y humanidades. Prácticamente, cada lugar de la feria acogió como suyo el clamor de familiares presentes, de los 43; reproduciéndose una y otra vez, en copiosas voces “vivos los queremos”.

La ganancia, del balance final de ciclo, está en actos colectivos y colegiados, abrazando causas que esperanzan, como la construcción de la primera base de datos, con los miles de desaparecidos en el país; la ciencia, en genética y antropología forense, desafiando el acaparamiento del estado en la verdad, al servicio de los ciudadanos. Adelanto científico y tecnológico, de hecho, en pos de ciudadanía; hace cinco años hubiéramos dudado del efecto redes sociales en un frente común y ya vimos a Monterrey expresarse, el 20 de noviembre. La Poni, como llaman a Elenita de cariño, habló de construir una sociedad distinta al tiempo que familiares de los 43 de Ayotzinapa, reflexionan sobre el sistema judicial “tenemos que cambiar esta actitud del gobierno que ha retrocedido 30 años”, dicen, aguantando el llanto del dolor y la impotencia.

Oyéndolos asentimos, pues, nadie que tenga en mente un mejor país desea que sus hijos, sus hermanos y menos los más pobres, como Alexander Mora Venancio que quiso ser profesor, desaparezcan a capricho de quienes desconocen la conciencia cívica y el respeto a derechos fundamentales del prójimo; tampoco entienden de equidad, se ríen de la justicia y utilizan redes “bots” –tecnología a modo de cuentas virtuales- para engañar y difamar.

No es casual que en los espacios de lectura se cuestione, tampoco que los grandes pensadores, las inteligencias más claras del país y el mundo reflexionen y se planteen mejores formas de vida, al amparo de justicia y seguridad. Nuestros héroes lucharon y murieron defendiendo precisamente principios que hoy parecen diluirse; como si de poca cosa se tratara ¿por qué?, ¿modorra?, ¿negligencia?, ¿falta de compromiso con nosotros y nuestro país?, ¿dónde se perdió el sentido ético y el valor para defenderlo con integridad?; tal vez, nos falta madurar a cuenta de leer, leer y leer.

A propósito de sensibilidad, Pablo Neruda (1904-1973), vaticina en su Jardín de invierno, leemos aquí, “Yo supe que la rosa caería /y el hueso del durazno transitorio /volvería a dormir y a germinar”; nos recuerda, encendiendo la esperanza, cierre del cual se nace y perduramos “debo a la muerte pura de la tierra /la voluntad de mis germinaciones”. Todo pasa. Nos marca el invierno, la luna que será nueva una vez más y muchas. ¡Alimentemos el corazón de la Navidad!; quizá, nos revele mexicanos renovados en espíritu y conciencia, para habitar el amor y sentir “Hoy no puedo ni quiero ser sin ustedes”.

 

Graciela Salazar Reyna

gracielasreyna@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

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