Los búfalos de la literatura

Por Roberto Kaput

A José Agustín, búfalo de la literatura

Ahí tienen ustedes que Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, hombre del diecisiete, nacido en Sayula por convicción propia, al parecerle que el terruño donde le fue a parir la madre carecía de seriedad o mención en los libros de geografía, amén de una historia de hombres confundidos y amanerados que fueron a malograr muchos años antes de que él naciera en el pueblo del cual aborrecería hasta el nombre, prefiriendo decir que era de Sayula, Jalisco, tierra de hombres con pistola al cinto y cruz al cuello, cristeros del meritito rescoldo, púsose a gritar Tatanka búfalo búfalo tatanka como en película de cheyenes y colonizadores, sin llegar a comprender el Respetable a fe de qué tanto pancho.

No eran las chelas de la noche anterior, eso estaba claro. Sus días de juerga en la Marquesa, rezando por lo quedo pasajes enteros de Pedo Páramo, invocando a Susana San Juan en cada trago como cuenta de rosario hasta completar los tantos misterios habían terminado. Pero era el caso que el otrora muy parco escritor seguía gritando Tatanka búfalo búfalo tatanka con expresión de bóvido encabritado, amenazante en la expresión de rostro y manos que simulaban tremendas astas.

—Juan, Juanito, ¿por qué el irigote? —preguntó una de las jóvenes reporteras ahí presentes, Elena, tal vez, o tal vez María Luisa, no se sabe, pero no traía sostén, eso es seguro, téngase en cuenta que hablamos de los años sesenta, cuando la intelectualidad mexicana descubría a Simone Weil y la minifalda—. Si algo le molesta deme la exclusiva, no sea tuerca y apretado maestrazo querido autor de libros de éxito y jugosa prima en el periódico bajo el titular Finalmente Rulfo se deschaveta. Tatanka búfalo búfalo tatanka, yo soy de la ordalía, maestro, hable nomás que yo le transcribo el choro y después se lo publico.

Elena tal vez o tal vez María Luisa lo encañonaba con los pezones y la grabadora. Intentó el maestro cualquier respuesta que complaciera a la muchacha. Pero aquel hombre sólo había venido al mundo para buscar a su padre, un tal Pedro Páramo, por lo que una tos de miedo le cerró la garganta. Acomodándose el saco de las solapas (sic) se dejó tragar por el murmullo de los muertos. Uno no está para titulares aunque se te encueren de medio cuerpo. Entonces encendió otro cigarrillo y se encaminó a la salida con el ceño fruncido, rictus aprendido tal vez en sus años de seminarista y huérfano rencoroso.

El Respetable sentado en las lunetas de un auditorio defeño con nombre de guerrillero o escritor maldito lo vio abandonar la sala con aire melancólico y unos cuantos libros bajo el brazo, tratando de pasar inadvertido, no obstante su exabrupto y retirada.

Afuera del auditorio tosió de un cáncer que después lo mataría. Pensaba Diles que no me maten, detrás de todo estás tu Susana San Juan y ya todo lo he escrito. Tiró al cesto de la basura dos novelas de ínfimos autores y peores títulos que amenazaban con destruir todo aquello que él y otros artistas de su generación habían construido, la Real Literatura Mexicana o Algo Así, bajo el paso torpe y severo de sus patas cervunas. Ni siquiera supo por qué se había prestado a discutir con uno de ellos, prieto, flaco, falto de oficio y necio en defender a Pepe Revueltas, el cual sólo necesitaba de una rasurada para gozar de su venia y todo.

Pensó La literatura está hecha de ausencia.

Y no dijo más camino a la tumba.

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