Marx en Monterrey | Lecturas Ancilares

 

Víctor Barrera Enderle

La puerta del pequeño auditorio del Museo Metropolitano se abre y entra Karl Marx. Es un domingo cualquiera al declinar la tarde. El personaje viene de la calle, seguramente se apeó del metro en la Estación Zaragoza y caminó por la Macroplaza, esquivando transeúntes, vendedores ambulantes, predicadores, migrantes, hípsters, malabaristas, vagabundos y paseantes despistados. Arriba puntualmente a las 6pm y, sin más preámbulos, se enfila hacia el diminuto escenario; la escenografía es parca: una silla modesta, una mesa sin adornos ni flores… y nada más. Marx, en gesto irónico, “agradece a Dios” por tener una audiencia, se quita el saco, abre su maletín de piel gastada, toma de él una botella de cerveza, un tarro y un ejemplar viejo de El capital. Estamos ante una más de las representaciones de Marx en el Soho, el monólogo de Howard Zinn que, bajo la dirección de Xavier Araiza, Alfonso Teja-Cunningham interpreta, de manera magistral, semana a semana… esos, sin embargo, son datos ajenos a lo que pasa aquí y ahora: no deseo interrumpir su soliloquio. Miremos…

Marx regresa al presente: ¿se había ido?  Una irónica confusión burocrática lo envía al Soho neoyorquino (en lugar del Soho londinense, donde vivió buena parte de su vida y escribió, entre otras obras, El capital), pero, en rigor y al menos en esta puesta en escena y en esta función en particular, aterriza en  Monterrey. Después de todo, no le viene mal el lugar. Monterrey se ha construido y destruido, sucesiva, infinita y dialécticamente, en el capitalismo. Hechas las presentaciones de rigor, nos explica Marx que ha regresado para “limpiar” su nombre, para deslindar a Marx del marxismo más ortodoxo, sin embargo, ahí no termina el asunto: vuelve para decirnos que nunca se fue del todo, y que habitamos las mismas contradicciones denunciadas por él en el siglo XIX. Ha sido tradición darlo por muerto, matarlo una y otra vez, proclamar el arribo de nuevos y venturosos tiempos, decretar el inicio de una era de prosperidad y armonía. Nada de eso ha sucedido realmente. El marxismo puede estar muerto, pero la interpretación de Marx sobre el capitalismo, no.

Mientras habla y nos cuenta su vida (su formación académica: que va de su lectura crítica de Hegel y Feuerbach hasta la postulación del materialismo histórico y dialéctico; su labor editorial: la redacción del periódico La gaceta Renana; la vida matrimonial y familiar, con sus subidas y bajadas;  los exilios y las penurias cotidianas), pienso que lo que subyace aquí es la profunda y contradictoria relación con la ciudad. La ciudad moderna, producto de la plusvalía capitalista, que deshizo el trazo abigarrado de los pueblos medievales y paulatinamente dejó al campo, al mundo rural, encapsulado en la temporalidad circular de las estaciones y los ciclos de siembra y cosecha. La urbe de amplias avenidas y aparadores, de fábricas y obreros, de prostitución y recreación, de ocio y explotación, de territorios, simbólicos y geográficos,  marcados y divididos por las clases sociales.

El superávit económico convirtió a la ciudad en el lugar ideal para la inversión (y la explotación). París fue la primera urbe en experimentar ese exceso (las reformas urbanísticas de Haussmann, durante el segundo Imperio, respondían a la necesidad de hacer “mover al dinero”), y también fue la primera en experimentar formas colectivas de resistencia (las barricadas de la Revolución de 1848 y la Comuna de 1871: ambos acontecimientos, por cierto,  fueron observados detenidamente por Marx). El proceso, sin embargo, era imparable, y como muestra está la transformación radical de Nueva York llevada a cabo por Robert Moses al mediar el siglo XX. El geógrafo y polítólogo David Harvey llama “destrucción creativa” a esta compulsiva conducta demoledora y antropófaga de las grandes metrópolis.

Marx rememora ahora los días en los que escribió El capital. Cuesta un poco escucharlo: el ruido del tráfico se cuela al auditorio, se escuchan también las notas de los músicos instalados en la Plaza Hidalgo para la verbena dominical.  Alza un poco la voz y prosigue en la recreación de las arduas horas de escritura. Trabajaba jornadas de diez horas en la biblioteca del Museo Británico, nos confiesa, y a diario recorría a pie el camino de su casa en el Soho a la biblioteca. Durante el trayecto cruzaba callejones oscuros y miserables, una legión de vagabundos (los desechados del nuevo sistema) observaba su andar: la ciudad era su otra fuente de investigación, el mapa del capitalismo, su puesta en escena. Tal como le acontece ahora, que ha cruzado las calles de Monterrey, sin árboles y con aceras estrechas, y donde la manifestación pública es puesta permanentemente bajo sospecha. Al guardar sus efectos personales en el maletín, a punto de irse, nos recuerda eso, precisamente: la historia no ha terminado, sólo estamos viviendo otro capítulo, una amarga mezcla de ironía y tragicomedia. El sistema seguirá intentando enterrar a Marx en el pasado y nosotros seguiremos padeciendo esta ciudad. El contraste radica en que él ya hizo su trabajo y nosotros seguimos a la espera.

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