No debemos motivarnos para el punto final sino para el trayecto

Premio UANL a las Artes 2014

Artes Visuales

Natalia Tibets


 

Lizbet García Rodríguez

 


 

Screen Shot 2014-09-22 at 7.49.54 PMLlegó a Monterrey en días de 1995, se integró al ámbito docente –de por sí complicado– y comenzó a enseñar piano viniendo desde otro continente, idioma, contexto, clima… Dos décadas después, ¿cómo recuerda Natalia Tibets esos días cuando llegó de Rusia a la Uni de Nuevo León?

“Recuerdo la facultad muy tranquila con poca gente, con cubículos casi vacíos. Un clima árido que me impactó. En ese momento casi no hablaba español, entonces mis primeros alumnos me ayudaron mucho durante las clases. La ventaja es que la terminología musical se basa en idioma italiano, italiano y español se parecen. Aparte se puede tocar, se puede enseñar un poco sin palabras. Los alumnos querían mucho aprender, tenían interés, por lo que la barrera de idioma dejó de existir en un semestre”.

¿Cómo cree que ha cambiado la Facultad de Música desde entonces?

Después de eso empezó a crecer poco a poco la población de la facultad y es incomparable las condiciones que existían hace 20 años y las de ahora. Hubo un cambio muy fuerte en la percepción de las artes en la Universidad y en la ciudad. Cuando entré casi no existían hombres cursando música como carrera; la gente lo veía como algo para hobbie o un oficio en el que no se podía confiar tanto, y ahora en mi lista de alumnos de piano la mayoría son varones.

Los jóvenes confían mucho en este oficio, le apuestan, vienen de otros estados del país, rentan, se acomodan, buscan apoyo para estudiarlo y esa fe me da mucho gusto porque hay que tener amor al arte.

Cuéntenos de su historia de amor por el piano, ¿cuándo vio uno por primera vez?

Conocí el piano en kínder. Teníamos en Rusia clases de música y recuerdo que me dio miedo; yo pensaba que los dedos podían hundirse y atorarse en las teclas. Pero me llamó la atención y regresando a casa empecé a soñar y tocaba en una mesa, cantando las canciones del kínder. Mi mamá se fijó en ello, pero las condiciones eran difíciles; en aquel entonces comprar un piano era un lujo. Después de la Segunda Guerra Mundial las familias tenían que empezar otra vez, crecer, establecerse. Pero ella confió mucho en mí, me llevó a la escuela de música, se sacrificó y me compró un piano. Ahí empezó mi carrera, a los 6 años y medio.

Al conocerlo me fue gustando más y más, todavía recuerdo las primeras canciones de Tchaikovsky que tocaba yo, cómo se me ponía la piel chinita. Era lo máximo para mí estar tocando El vals de la Bella Durmiente y es eso lo que trato de trasmitir a los niños de aquí. Mi primera intención es contagiarlos con ese mundo maravilloso, y después ver quién tiene la sensibilidad y el talento para ir creciendo al nivel profesional.

Se ha hecho habitual escuchar noticias de alumnos de la maestra Tibets ganadores de premios nacionales y extranjeros, ¿cuál es la fórmula?

No tenemos que motivarnos para el punto final sino nos debe motivar el trayecto. No es mi meta hacerlos ganadores de un concurso pero me llena por completo ese proceso cuando yo agarro un niño, cuando le veo esa inquietud. En el trayecto los niños me hacen feliz con un logro, con otro, un examen, una pieza, eso es lo que me da fuerzas y pautas para seguir. Luego de repente surge una medalla de oro, un primer lugar, pero eso es una parte del proceso; lo importante es saborear el camino y que el niño lo saboree. Si ahorita yo agarro un alumno de siete años y le digo ‘en cuatro años vas a ganar algo’, para un niño de cuatro años es una eternidad; no podré sostener su atención si él piensa en el futuro, pero puedo hacerlo disfrutar una clase, un semestre, un  examen. Esa para mí es la clave.

¿Está satisfecha de haber dedicado su vida a tocar y enseñar música?

La música es la belleza más grande del mundo y es un lujo, como cualquier belleza. Como dice una canción argentina, alma, corazón y vida, esas tres palabras me definen la música. Yo veo mi misión en dar la oportunidad de disfrutar de ese lujo a los que me rodean. Cada uno de mis alumnos tiene amigos, familia; si mi alumno está contagiado por esa belleza, él puede contagiar a la gente a su alrededor y de esa manera todo el ambiente se cambia. Los que empezaron hace 20 años conmigo como alumnos de técnico, ahora encabezan nivel elemental como coordinadoras de la Facultad de Música; los conozco desde adolescentes, conozco sus valores, su dedicación y eso me reconforta.

¿Qué tan mexicana se ha hecho?

Yo creo que bastante, me gusta mucho la comida mexicana que cuando llegué me parecía un poco rara. Ahora no me puedo ir dos días porque la extraño. Me gusta mucho el arte, la música folclórica, es muy emotiva. Los niños responden mucho a la musicalidad, son sensibles, y esto hace fácil nuestro trabajo. Me da mucha satisfacción que la sociedad cada vez más confíe en el arte, empieza a voltearse hacia él y vea sus beneficios para la sociedad. En realidad ya me siento parte de aquí.

 

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