Un rey en La Habana

Durante su visita a Monterrey, el cubano Pedro Juan Gutiérrez habla sobre su personaje Pedro Juan y la relación con Gutiérrez.

Guillermo Jaramillo

 


 

Captura de pantalla 2015-02-24 a la(s) 10.50.35La sala estaba en calma y repleta de asistentes. El público era variado, pues en el auditorio del Museo de Historia, el 19 de noviembre, se daban cita por igual jóvenes y viejos, mujeres y hombres, poetas y narradores, dramaturgos y estudiantes de letras, periodismo, ingeniería o artes. Algunos, los más interesados en el tema, estaban ocupados en sus labores del día y se ausentaron de la charla inaugural del Encuentro Internacional de Escritores.

Conarte, el órgano rector de la cultura y las artes en el estado, ya había recibido algunas quejas por parte del gremio de escritores contra el horario y los días establecidos para el encuentro, que antes se extendía hasta el fin de semana.

Los asistentes al primer día tuvieron la oportunidad de saciar su morbo frente al cubano Pedro Juan Gutiérrez, sin duda el agregado más interesante en el encuentro. Gutiérrez es autor de más de una decena de libros, entre la narrativa y la poesía; siempre contundente en su lenguaje y su propuesta: el caos hermoso que viven los ciudadanos de La Habana, sobre todo Centro Habana, lugar de residencia de los dos Pedro Juan, el de carne y la ficción.

En las solapas de los libros de Anagrama, donde se encuentra publicada la mayoría de la obra de Gutiérrez, el editor Jorge Herralde lo describía como un Bukowski de La Habana, salvaje y tierno. Este tipo de publicidad le ha acarreado a Pedro Juan una imagen, o por lo menos eso esperan los que le rodean y conocen por primera vez.

Situado sobre el escenario en una charla entrevista con Raúl Verduzco, Gutiérrez dice “no me interesan las buenas intenciones” mientras pone a funcionar un mecanismo interno dentro de cada espectador: la tenue seguridad de que presenciará un acto circense.

“Me interesan los personajes que están al borde del abismo. Los que están en situaciones al límite. Cuando escribí estos libros hablaba de una vida vertiginosa. Yo mismo estaba en situaciones al límite”, señala Gutiérrez.

Los ojos, sobre todo de las féminas, haciendo énfasis en las veinteañeras, se dilatan, crecen y empequeñecen ante la voz del cubanazo que asegura que al inicio del proceso creativo el escritor no tiene un planteamiento definido. Remata diciendo que “el arte no sirve si no tiene tormento e irreverencia”.

Al final de la charla-entrevista-conferencia, los organizadores acercan los micrófonos al público para que éste externe sus dudas. Una chica, una veinteañera, se alza de su asiento con un libro de Pedro Juan en las manos. Ella dice no tener preguntas, simplemente agradecimientos. Le pide al hijo de Matanzas que “la lleve con él de vuelta a la isla”. Todos esperamos un performance por parte de la chica donde su ropa interior vaya a parar a los pies del escritor. No sucede.

Cuando por fin se ha dado por terminada la charla, un hombre maduro aborda al caribeño. Le ofrece tomar un trago de ron con él ese día por la tarde. Pedro Juan muy serio, casi seco, lo rechaza. Dice que él ya no bebe, se lo ha prohibido el doctor porque su hígado se encuentra irritado. Mientras esperamos a que el autor se desocupe de firmar unos libros a jóvenes estudiantes de Filosofía y Letras de la UANL, uno de ellos le habla de un amigo cubano, quien asegura que los cigarros Delicados son los mejores en el mundo. Le ofrece uno al cubanazo, y éste por tercera vez dice no.

“Ya no fumo”, contesta Gutiérrez. Sentado en unas sillas improvisadas a modo de conferencia en el lobby del museo, a su alrededor las niñas y niños recorren el recinto acompañados de maestras y guías. La historia mexicana al alcance de sus pequeñas manos.

“Es constante, me pasa todo el tiempo. Cuba es un lugar, por ser tropical, donde son muy fuertes los olores. La sensibilidad de la gente, la forma de hablar, la gestualidad para expresarse. La gente baila mucho por ese mestizaje con negros. Hay una gran sensorialidad. Me parece que escribo de una manera convincente, entonces la gente está convencida que Pedro Juan es Pedro Juan Gutiérrez. Entonces vienen y te ofrecen cigarros, te ofrecen sexo, alcohol”, comentó en entrevista.

Pedro Juan comenta que de no haber estudiado periodismo, hubiera preferido dedicarse a la arquitectura, disciplina que lo ha motivado desde niño.

“Después me di cuenta que en un país pobre no es tan importante estudiar arquitectura porque es muy difícil hacer grandes edificios, difícil destacar como arquitecto. Trabajé en la construcción unos tres años y después cogí el rumbo del periodista”.

En 1972, Cuba era un país donde si se quería ser periodista bastaba con ejercer el oficio. No existían los filtros de entrega de currículo o movimiento de influencias. Matanzas fue la ciudad donde Gutiérrez se permitió aprehender de esta profesión. A falta de reporteros, la emisora de radio le otorgaba una grabadora de las de antes: grandes, pesadas y rusas. Con ella realizó trabajos culturales nocturnos. Al cabo de un año le ofrecieron un contrato para radio. Realizó periodismo durante casi tres décadas. De aquí surgió su estilo conciso, duro, rítmico; una búsqueda de lo revelador.

“En el periodismo lo que hay son normas de redacción que hay que respetarlas. Si trabajas en un órgano importante hay normas de redacción muy estrictas que tienes que aprehenderlas y respetarlas. El uso de los gerundios y los adjetivos, el uso de las oraciones subordinadas. Hay que adecuar la gramática todos los días. Eso lo aprehendes porque si no te están machacando los editores y te pueden botar”.

Cuando escribió la Trilogía sucia de La Habana, su primer material que vio la luz allá por 1998, el texto pasó por muchas manos y ojos cubanos, pero ninguno se animó a editarlo. Llegó a España y Anagrama gustó del contenido y aquí está, un hombre que tuvo 30 años de ejercicio literario y supo esperar su momento.

“A los 19 años tenía una novela en mi cabeza y no sabía cómo escribirla. Era acerca de cosas que habían pasado en mi vida con mi familia, algunas mujeres. Estuve años y años aprehendiendo a escribir”.

Gutiérrez, ese cubano escritor de historias donde un tal Pedro Juan se pone bravo en una celda para evitar que un negro enorme lo sodomice con uso de violencia; o se ve envuelto en una riña de cantina al andar de compañero de copas de un norteamericano; o se entera que el amante de una negra voluptuosa, que a su vez es amante de Pedro Juan, ha ultrajado siniestramente al pequeño hijo de ella, y ahora se le exige actuar en venganza contra esta bestia. Ese Pedro Juan Gutiérrez dice que los días salvajes han quedado atrás.

“Uno mismo va decidiendo cómo salir de la oscuridad y los problemas. La vida es como es. Creo que uno tiene un karma cuando viene a esta vida y hay que enfrentarlo; y dentro de este karma tratar de vivir lo mejor posible. Fue una etapa interesante de mi vida, y lo acepto tranquilamente”.

Hoy algunas de las obras de Pedro Juan están a la espera de participar en una producción cinematográfica. Por ejemplo, El Rey de La Habana está en tratos para producción este 2015.


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