X aniversario del Taller Experimental de Teatro de UANL

“Un director sin un buen reparto se queda con las ideas y no pasa nada en el escenario”


Nacido en 2004 para promover y difundir una dramaturgia de reflexión que influyera en la formación integral de universitarios y sociedad en general, el Taller Experimental de Teatro de UANL llega a su décimo aniversario.

Lizbet García Rodríguez


 

 

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Unas horas antes de la función, el escenario del Aula Magna es como un mar en calma. Desde arriba en el camerino –con el marco de luces alrededor del espejo– los actores retocan el maquillaje, afinan el gesto; poco a poco el mar se agita con iluminadores y escenógrafos. Se acerca la tormenta: el acto teatral está a punto de iniciar.

Así ha sido durante 10 años para los miembros del Taller Experimental de Teatro de UANL, conducidos por el maestro Sergio García. Una historia de diálogos entre actores y público; la vida cotidiana en una delgada frontera de mitos y realidad.

“Crecimos juntos”, asegura Sergio García. “Yo había descubierto a Shakespeare en los años 60 pero cuando lo abordé a través del Taller fue toda una aventura; ahí tienes un grupo que es el mejor equipo de actores que hay en esta ciudad, los ves arriba del escenario y tienen una calidad escénica, una expresión de cuerpo magnífica y a través de las puestas en escena que han tenido conmigo, ellos maduran y yo maduro. Porque un director sin un buen reparto se puede quedar con las ideas y no pasa nada en el escenario”.

Para quien fundó en 1962 el grupo de teatro de la Facultad de Arquitectura; y en 1965 el Grupo de Teatro Universitario, la historia reserva un lugar privilegiado en la formación de actores del estado y el país. Desde marzo de 2004, cuando se formalizó la creación del Taller Experimental como uno de los proyectos estratégicos de la Secretaría de Extensión y Cultura a cargo del maestro Rogelio Villarreal, García no ha dejado de promover en escena el aprendizaje a través de clásicos y contemporáneos.

“Han sido 10 años de mucha vitalidad en todo sentido: lo primero, Hamlet fue entrañable porque fue una propuesta de un nivel precioso de interpretación, la obra estaba para que ellos se expresaran. Después vinieron cosas medio difíciles como el Fausto de Goethe, donde por su misma edad no comprendían los niveles de filosofía de la obra, pero con el profesionalismo que tienen la sacaron; y con el Don Juan de Molière sí hubo un acercamiento porque sus obras tienen un dejo de cinismo y eso la gente joven lo maneja muy bien”.

Enseguida el maestro destaca las puestas contemporáneas como 15 segundos y La sociedad del ocio, escritas en años recientes y que van directo sobre la sociedad actual.

15 segundos es una obra pequeña pero con una profundidad shakesperiana; los personajes son tan crueles como cualquiera de nosotros y son tan tiernos como cualquiera de nosotros”.

Luego viene a tema Cantata de guerra, que García califica como “un texto completamente incómodo para esta sociedad”.

“Hoy todo se mueve en una frivolidad absurda. Monterrey ocupa el segundo lugar mundial en divertimento, en espectáculos que llegan de todas partes del mundo, la Arena Monterrey y el Auditorio Banamex están llenos todo el tiempo. ¿Quién habla de lo que le está sucediendo a México? Muy poca gente. ¿Cómo se pueden desaparecer 43 criaturas y el presidente que tenemos no ahondó el problema a tiempo, dónde están? Entonces, Cantata… habla de esa capacidad que tenemos los humanos para ser crueles”.

Y con una congruencia para expresar el contexto social que ha vivido, llega a sus 75 años de vida.

“Llegar a esta edad difícil –porque todo el mundo se quiere deshacer de los viejos– y estar en un trabajo fijo, en un lugar donde se puede ensayar, con una producción, con estabilidad y tiempo para ahondar en las obras, el montaje, con ese cobijo de la Universidad, es algo que me alienta en esta conciencia de que me queda poco tiempo y tengo que aprovecharlo a todo lo que da para seguir haciendo lo tengo que hacer y morirme en el campo de batalla”.

 

“Si miramos atrás, ninguno de nosotros somos los seres humanos que fuimos entonces”

Para Antonio Craviotto el saldo más valioso es haber vivido sus procesos de formación de la mano de un director “tan lleno de información, tan lleno de vida, tan intelectualmente activo en sus procesos de análisis”.

“Muchas de las herramientas que ahora poseo han sido gracias al proceso de experimentación de la mano del maestro, con el apoyo de la Uni; y también se lo debo a cada uno de los artistas que dentro de su papel como creadores en la escena regiomontana, me han permitido reafirmarme como actor profesional, ir empatando mis percepciones creativas con las de cada uno de ellos y ese trabajo de 10 años nos alimenta a final de cuentas”.

Craviotto recuerda cómo al inicio buscaban crecer en escena, enfrentar a personajes, dramaturgos y circunstancias en las que se gestan las historias.

“En los primeros montajes nuestros análisis eran más breves, era Sergio García quien nos dotaba del resto; y conforme los años fueron pasando, él fue dejando que desarrolláramos el análisis del personaje, los temas, el lenguaje, la forma, los contenidos, el texto y su vinculación social. Si miramos hacia atrás, ninguno de nosotros somos los seres humanos que fuimos entonces”.

En los ensayos de un primer proyecto del Taller, conoció a Janina, una actriz con la que empezó a empatar procesos creativos y afinidad.

“Con los años la relación se solidificó, tenemos una bebé de tres años y creo que ella es un buen ejemplo de lo que el amor puede hacer en los seres humanos. De estos 10 años me llevo experiencias maravillosas en el teatro, aplausos de pie, las enseñanzas del maestro Sergio García, me llevo una relación muy bella y por supuesto a mi hija Valentina. El teatro me ha rescatado de muchas cosas y me sigue rescatando todos los días”.

 

Valentina

Valentina camina con naturalidad por los camerinos, está acostumbrada a hacer silencio para que papá prepare el personaje o mamá (Janina Villarreal) responda a una entrevista. Ella también es hija del Taller.

“La niña nunca ha sido impedimento, nos acompaña a ensayos, a funciones, y le dio como más sazón a mi experiencia de vida. Siento que ahora somos más sensitivos como artistas y eso te hace mejor intérprete”, relata Janina, quien ubica en 1998 sus primeros trabajos de la mano de Sergio.

“Me ha puesto personajes muy fuertes, en Edipo hacía a Yocasta; tenía yo 27 años, muy poca experiencia de vida, pero el maestro me fue llevando a hacer el personaje. Como actriz he madurado mucho, cada texto ha sido un reto para mí y eso me ha hecho crecer como creadora”.

Destacó la manera en que sus roles le han permitido hacer clic con la gente.

“Cuando ensayábamos, por ejemplo, La sociedad del ocio, pensábamos ‘está bien grueso lo que se dicen y hacen estas parejas’, pero finalmente es una comedia y el día que estrenamos que se va oyendo la risa; para nosotros era grato ver que a los chavos les llegaba y que había una cierta identificación con las situaciones de la obra”.

Tiene mucho que ver la química con los compañeros, reconoce, “no es uno el que está en escena; el trabajo es de todos” y ese sentimiento de compañerismo es algo que atesora.

“Estos 10 años me dejan eso: no existe el miedo, es aquí y ahora porque sé que no estoy sola; están ellos conmigo (a lo mejor suena un poco romántico pero sí pasa). La entrada de los actores invitados ha sido como un dulce para nosotros. He aprendido a disfrutar. Tenía un maestro que decía que cuando el teatro te empezaba a hacer sufrir era momento de dejarlo; en estos años he sabido gozar el teatro y eso me ha enseñado a disfrutarlo y defenderlo”.

Jugar desde adentro

Está convencida de que es más difícil hacer reír que hacer llorar desde un escenario, por eso Janneth Villarreal ha vivido los sabores y los colores diversos de sus personajes al interior del Taller.

“Lo que más disfruta uno como actor es poder tener una amplia gama de posibilidades en cuanto a tono, personajes, cuanto más diferentes más los disfruto. La Charlotte de 15 segundos no tiene nada que ver con Anne de La sociedad del ocio; esto te lleva a distintos abordajes, cómo lo voy hacer para de verdad darles vida”.

Su línea personal del tiempo en el Taller Experimental coincide con una etapa de aprendizajes múltiples.

“El momento que nos tocó vivir juntos como grupo, además de la experiencia profesional, toca como ese transitar hacia una maduración en todo sentido. Perteneciendo al Taller tuve dos hijas; Janina tuvo una hija, era como darnos nuestros espacios, ajustarnos a los tiempos como mamás, como seres humanos y estar acompañados por un director sabio que ha estimulado a cada uno de los integrantes, quienes venimos de diferentes escuelas, tenemos formaciones diferentes y él ha logrado integrar todo eso”.

Poder disfrutar de un entendimiento sin siquiera hablar, muestra cohesión y solidez grupal. “Siempre hay sorpresas en el escenario pero nos conocemos al grado de que sabemos las dinámicas a seguir para resolverlo”.

Y en esta construcción interminable de diálogos y personajes a lo largo de una década, fue conformando su yo particular como actriz.

“Me gusta jugar desde adentro, abrir mis emociones, mostrarme. En Fausto el personaje de Margarita tenía escenas muy fuertes, cuando mata a su hijo y luego enloquece ─no era mamá todavía y pienso cómo lo haría hoy─; 15 segundos –que la hice hace tres años y medio y la volví a hacer el sábado–, estoy segura que la abordé muy diferente, dentro de la misma línea del personaje pero con una experiencia de vida que va moldeando al actor”.

No he parado de hacer teatro

“Ha sido intenso, uno espera terminar la escuela y dejar de hacer teatro universitario para empezar a hacer teatro profesional; y al final mis compañeros y yo nos hicimos profesionales haciendo teatro universitario”, sostiene Carlos Nevarez al tiempo que ajusta su cinturón militar, minutos antes de la Cantata de guerra.

“Terminé formándome en el Taller, con esa visión del teatro que maneja el maestro Sergio García. En nuestras puestas no hay signos, maromas, no hay rollos corporales; el maestro pretende que no tengas que interpretar nada como público: ‘ah me quiso decir esto’, no, que quede claro que está hablando de ti, de la condición humana, de cómo somos”.

Con un sello de trabajo que los ubica geográficamente cercanos al público, han aprendido a “trabajar en cortito”, más con la emoción, encontrando los juegos cotidianos para identificarse con la dramaturgia de la historia.

A sus 15 años Nevarez entró a la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. “Empezaban los 90 y enseguida me hice parte de Universiteatro, la compañía que existía entonces en la Universidad, dirigida por el maestro Javier Serna. No he parado de hacer teatro”.

Resalta cómo el Taller Experimental los ha llevado a combinar procesos de creación tanto técnicos como intuitivos.

“Es muy perverso a veces porque el maestro sabe dónde te tiene que pegar para que entiendas lo que está sintiendo el personaje. Trabajamos la técnica primero y después nos metemos con la carne”.

Actualmente a cargo del Taller de alumnos y egresados de la Facultad de Artes Escénicas de la UANL, repite los patrones aprendidos.

“Ahora mismo acabamos de hacer Sueño de una noche de verano, y el Como gustéis también de Shakespeare; busco enseñarles a encontrar los tonos de los clásicos, desmenuzar la humanidad de estos personajes, para después invocar su interior como me han enseñado mis maestros”.

“El Taller hace que el teatro siga vivo”

Nombres como Juliana Guajardo, Osvaldo Villanueva, José Alberto Ontiveros, Nelson Pérez y Carlos Echartea han pasado por el Taller. A la base actual de actores, conformada por Carlos Nevarez, Janneth Villarreal, Antonio Craviotto y Janina Villarreal, se suman otros como Pedro Rivera, Víctor Martínez y Mauro Samaniego.

“Yo me incorporo hace dos años para el montaje de La sociedad del ocio y después siguió Cantata de guerra, que es una de las obras más difíciles que he enfrentado, un texto complicado, no hay diálogos entre los personajes, no interactúan, entonces como actor tienes que trabajar hacia dentro. Esa parte ha sido muy exigente, pero estar en este momento de la vida de Sergio García, siendo parte de su trabajo es para mí muy gratificante”, expresó Samaniego.

Para el maestro Gerardo Valdés, quien literal y metafóricamente da luz a las propuestas del Taller, esta mezcla de generaciones y estilos ha dignificado al teatro como reflejo de su sociedad.

“Si el teatro no refleja el palpitar de un pueblo es un teatro de divertimento donde no pasa nada, pero aquí se abordan las problemáticas, los sueños, las crisis de la sociedad actual. Son obras bien escritas, bien dirigidas y actuadas que mantienen al teatro vivo en su vínculo con el público, eso ha hecho este Taller”, mencionó el director e iluminador escénico.

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