Tejiendo palabras: La escritura y la lectura como el refugio frente a la soledad
Alejandra García Montelongo es la ganadora del Premio Nacional de Cuento "José Alvarado 2026”. Compartió que el proceso de escritura exige la disciplina de un atleta para corregir y pulir el texto.
La literatura se alza hoy como un tejido de acompañamiento indispensable en la juventud, aseguró la escritora Alejandra Rodríguez Montelongo al recibir el Premio Nacional de Cuento “José Alvarado 2026”, en una ceremonia llevada a cabo en el Patio Ala Sur del Colegio Civil Centro Cultural Universitario el 27 de agosto.

Algunos estudiantes buscan en foros de internet respuestas sobre el amor y cómo vivir. Frente a este vacío, el acto de tejer palabras de forma comunitaria evita la soledad, así lo mencionó la ganadora y aconsejó construir núcleos de amigos para sentirse seguros y protegidos.
La convivencia familiar no siempre es sencilla, compartió a nivel personal. Por ello, relacionarse y escuchar con crítica constructiva al otro es vital para construir un diálogo sano.
Para llevar a cabo la entrega del galardón, se contó con la presencia en el presídium del Director de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, Víctor Barrera Enderle, y el Director de la Editorial Universitaria, Antonio Ramos Revillas.

Como parte de las actividades periféricas a la exposición Juan Rulfo: Exposición fotográfica en Colegio Civil, cuna de la UANL, que incluyen ciclo de cine y espectáculos de música, danza y teatro, se realizó un diálogo entre las escritoras Hilda Larrazábal y Érika Zepeda, moderado por Barrera Enderle, en donde quedó constancia de la influencia rulfiana en los escritores mexicanos.
“En la secundaria, un maestro medio lunático nos puso a leer a Rulfo. Hoy, que estoy dedicada al mundo de la literatura, agradezco a ese maestro lunático porque después de esa experiencia elegí estudiar Letras”, compartió Zepeda con el auditorio conformado en su mayoría por estudiantes de distintas preparatorias de la Universidad.
Por su parte, Larrazábal destacó que fue durante el bachillerato cuando la obra de Juan Rulfo vino a su encuentro. Recomendó a los jóvenes ir a la obra del autor de Pedro Páramo para apreciar la maestría con que se apropia de escenarios, paisajes y voces de otros rincones de México.

El lenguaje es nuestro legado
La obra titulada Camándula de acacias, firmado bajo el seudónimo Rosalía Lambarri, se impuso ante más de 300 trabajos. El jurado, compuesto por Zepeda, Larrazábal y Paul Medrano la favorecieron unánimemente por su firmeza narrativa y personajes cautivadores en un universo definido por la autora.
Rodríguez Montelongo inició su andar literario desde la infancia. Compartió que era una niña tímida que cambió tres veces de escuela, y se refugió en la lectura. Los libros se convirtieron en su refugio y la impulsaron a desahogar sus propios pensamientos. Escribir le permitió platicar consigo misma y reencontrarse al pasar los años.
“Primero que nada, buscar ese núcleo en el que nosotros nos sintamos cómodos, protegidos, seguros y que además nosotros estemos seguros de que no nos van a mal aconsejar, que no nos van a decir cosas que nos vayan a llevar por otros caminos.
“Yo empecé escribiendo como tipo novela, pero al final no fue donde me quedé. Luego conocí el cuento y luego empecé a explorar otras cosas.
“El caso es de que exploren aquello con lo que a ustedes les guste y que lo vayan a intentando, vamos, desde el juego, desde el gozo, desde desahogarse. Yo, por ejemplo, durante la primaria yo era una persona muy solitaria, me cambiaron de la escuela al menos tres veces.
“Imagínense una persona tímida que no sabe cómo hacer amigos, cambiada de escuela por tres veces, yo ahí me refugié muchísimo en los libros y eso me ayudó bastante. Porque yo dije, ‘Okay, mi refugio son los libros, yo también quiero escribir.’
“Y yo en un inicio escribía para desahogar, para platicar, para sacar cuáles eran mis pensamientos y conocer qué es lo que la Alejandra de esta edad piensa. Hoy en día, paso por todos esos horarios, me río bastante con lo que yo de antes escribía, pero es una forma de reencontrarme a mí”, compartió Rodríguez Montelongo.

El camino literario debe comenzar siempre desde el juego, el gozo y el desahogo personal, enfatizó. No importa la ortografía al inicio ni los formatos académicos, pues estos llegan después.
Posteriormente, recomendó la escritora, el proceso exige la disciplina de un atleta para corregir y pulir el texto. Es necesario dejar el ego de lado cuando los compañeros no comprenden lo que se escribe.
Así, la literatura cura la frustración y enseña resiliencia ante una vida que no se pausa. Aunque escribir a veces duele, es un ejercicio indispensable para poder sanar las heridas. Alejandra Rodríguez invita a explorar cuentos, novelas o poemas de acuerdo con el gusto personal. La escritura comunitaria se consolida así como el refugio definitivo contra el aislamiento.
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Por: Guillermo Jaramillo Fotografía: Carolina Silva
